Tristán o el pesimismo · Armando Palacio Valdés

Chapter 17: La Boda de Araceli

Araceli, la niña espiritual y aristocrática de los señores de Escudero, tocaba a la meta de sus ambiciones heráldicas. Iba a ser duquesa. Poco después de la catástrofe sobrevenida a don Germán y de su viaje misterioso, se le ocurrió al duque del Real Saludo el morirse de una apoplejía fulminante. Cuando recibió la noticia Araceli sintió que las piernas le flaqueaban; todo su cuerpecito distinguido se estremeció con un escalofrío de ansiedad y de gozo. Supo disimular, sin embargo, puso la cara larga, se vistió de negro y dio el pésame a la familia y la acompañó muchos ratos en aquellos días de tristeza. Había que verla en tales momentos, entrar y salir en las habitaciones, recibir recados, pronunciar órdenes y darse aire de pariente. Sus esperanzas no quedaron fallidas. La duquesa viuda no pensó que un sepulcro abierto la eximía de permanecer fiel a sus principios de contradicción doméstica, y otorgó el consentimiento a su hijo, realizando así contra el duque un acto de oposición de ultratumba. Se dejó transcurrir por respeto un plazo de seis meses. Comenzaron al fin los preparativos de la boda. Sin embargo, hubo en ciertos instantes temor de que ésta zozobrase al tratarse la cuestión de intereses. La duquesa sólo ponía a disposición de su hijo una renta de treinta mil pesetas, que era lo que le correspondía por herencia de su padre. Escudero, hombre exactísimo, metódico, ordenado, manifestó que en ese caso él daría a su hija otro tanto. Pero estas cantidades no bastaban para que el joven matrimonio viviese con arreglo a su rango. Se trabajó con empeño para que el suegro aumentase la renta; hubo en la casa reyertas, desmayos, lágrimas en abundancia. Don Ramón consintió al fin en doblar la cantidad, pero a condición de que tal excedente se dedujese en su día de los gananciales atribuidos a su esposa en el caso de que falleciese antes que él.

Corrían ya los días precedentes de la boda. Se habían cambiado los regalos y Araceli había recibido de la sociedad elegante y de la que no lo era un bazar completo de bisutería. Los periódicos publicaron largas columnas con la lista de los objetos como si se tratase de una liquidación. «Señores de L: neceser de viaje en piel de Rusia guarnecido de plata.--Señor de C: juego de tocador en cristal de Bohemia.--Marqueses de H: bandeja de plata repujada.--Duquesa de N: cajita de oro esmaltada, etc., etc.» Araceli exhibía estos chirimbolos a las visitas con singular complacencia. Sólo faltaba sobre ellos un cartoncito con el precio para que semejase por completo un almacén de saldos. Pero lo que mostraba con mayor deleite la hija de los señores de Escudero era su equipo, un soberbio trousseau confeccionado en París, donde sobre cada pieza se ostentaba una corona ducal, pequeña o grande, bordada en blanco o en color. Había coronas hasta sobre los paños de la cocina.

Algunas amigas íntimas se reunían la víspera del día señalado para el enlace en el gabinete de la prometida. Se la felicitaba, se la acariciaba, se la besaba, se le decían mil ternezas. Había sinceridad en unas, había falsedad en otras, que en el mundo el bien y el mal no se encuentran jamás solos. Aquella juventud se entregaba a la alegría y retozaba acordándose de los tiempos en que hacían lo mismo en el jardín de las Ursulinas.

--No te darás tono de señora casada con nosotras, ¿verdad, Araceli?

--¿Ni de duquesa tampoco?

--¡Oh, madame la duchesse!

Y una de las amiguitas se inclinaba delante de la novia con reverencia cómica que despertaba las carcajadas de las otras. Araceli, lisonjeada, sonreía con benevolencia.

--¿No tardarás en tomar la almohada?

--¡Quién piensa en eso todavía!--respondió Araceli que había pensado ya infinitas veces.

--Es una ceremonia imponente, muy imponente—manifestó con gravedad y poniendo los ojos en blanco una jovencita rubia que seguía las huellas de Araceli--. Cuando la tomó mi prima la marquesa de la Suave-Conquista vino antes a ensayarse con mamá, que ha sido camarista de la reina Isabel. Hay que esperar en un salón; vendrá a buscarte la madrina y otras damas, se te anunciará y al entrar harás tres reverencias... una así... otra así... y por último otra así.

La jovencita rubia, puesta en pie y en medio del corro, hacía las genuflexiones con tal unción, delicadeza y primor, que parecía que en su vida había hecho otra cosa. Sin embargo, Araceli irguió su cabecita con altanera indiferencia.

--Ya sé, ya sé todo eso, querida.

--¡A ver, que la tome aquí ahora mismo ante nosotras!--exclamó la amiguita de humor jocoso que la había saludado en francés--. ¡Yo soy la reina! Dejad que me siente ahí en lo más alto. Margarita, echa ese cojín en el suelo. Esa es la almohada. Carmen, tú serás la madrina. A ti, Beatriz, te nombro mi camarista mayor. No reírse, que éstas son cosas serias, ¿verdad Mimí? (dirigiéndose a la jovencita rubia). Vamos, llevadme a esa chica fuera. La llamaré cuando me dé la real gana. Vosotras aquí en semicírculo haciéndome la corte...

La traviesa niña empujando a unas, arrastrando a otras, cambiando sillas y cerrando puertas improvisó presto un salón de corte. Se representó la escena con no poca algazara. Araceli vino del gabinete de su mamá donde la tuvieron recluida largo rato, hizo sus reverencias casi tan bien como la rubita Mimí (prueba de que ya las había ensayado a solas) y se sentó sobre el cojín naciendo tantos remilgos que la reina incomodada le tiró otro a la cabeza.

--Pero, duquesa, ¿cómo tiene usted valor de presentarse sin diadema?--exclamó S. M. en el colmo de la estupefacción.

--¡Ah! ¡La diadema, es verdad!--exclamaron a su vez todas las damas de la corte.

--Póngase usted la diadema inmediatamente—prorrumpió con energía la augusta persona.

Araceli se disculpó diciendo que estaba guardada en la caja de hierro de su papá, pero no le valieron excusas. Fue necesario que bajase al escritorio de Escudero y que éste sacase de la caja la preciada joya regalo del novio. Enteradas por este paso algunas criadas de la ceremonia que iba a realizarse, no dejaron de acudir para ver si percibían algo espiando por las cerraduras y los quicios de las puertas. El acto se efectuó de nuevo con mucha mayor solemnidad a causa de la diadema y también del ensayo previo que se había hecho. Terminado, S. M. se dignó felicitar con las palabras más amables a la gentil duquesa del Real Saludo, y dio su mano a besar y una bofetada en la mejilla a todas sus damas.

Araceli durmió muy poco aquella noche. En cuanto se levantó comenzó a hacer sus preparativos de tocado, aunque la ceremonia nupcial no había de celebrarse hasta la tarde en su propia casa. Se hizo venir para que la peinase a Mr. Gaston, famoso peluquero de la corte, y acudieron a adornarla dos oficialas de Mme. Verlet, la gran modista. No se perdonó gasto alguno para que la ceremonia se celebrase con inusitada pompa y suntuosidad. Escudero puso a disposición de su esposa y de su hija una cantidad respetable, la cargó en sus libros y no volvió a ocuparse del asunto. Pero he aquí que su esposa, no poco confusa porque le conocía bien, vino a anunciarle que faltaban mil doscientas pesetas para pagar las flores de la quinta del Pilar, y su hija Araceli, menos confusa pero también un poco asustada, le manifestó que aún restaba por abonar al joyero una pequeña cantidad. Escudero montó en cólera, una cólera ciega. «¡Cómo! ¿Qué formalidad era aquélla? ¿No sabían que ya estaba agotado el presupuesto de los gastos de boda, que no se podía andar en los libros, que él era un hombre de negocios, un hombre de orden?» Doña Eugenia viéndole tan irritado determinó pagar con sus ahorros aquella suma y dejar en paz los libros de su esposo. Doña Eugenia era una mujer económica, pero había adquirido un vicio considerable, el del papel. Cada día más enemiga de los microbios y resuelta a darles guerra crudísima mientras le quedase un soplo de vida, desde hacía algún tiempo ni daba la mano a nadie sino enguantada ni tocaba objeto alguno si no era interponiendo entre los bacilus y sus dedos un papel. Lo compraba por resmas en un almacén de la calle de las Infantas. El dueño de este almacén solía decir burlando que la señora de Escudero le consumía tanto como una imprenta.

Otro de los asuntos que dio origen a algunos disturbios domésticos que hubieran degenerado en graves conflagraciones si uno de los bandos no hubiese operado una prudente retirada, fue el de las invitaciones. Escudero, que a causa del citado desequilibrio en el presupuesto de boda se hallaba en un estado alarmante de disgusto y de profunda decepción, exigió que se invitase a la ceremonia a sus amigos y compañeros de tresillo en el Círculo Mercantil, Buceta, Trompeta y Rubau. Esta monstruosa exigencia llevó la desolación al espíritu refinado de su hija. En vano doña Eugenia agotaba para convencerla toda clase de razonamientos y representaciones. Araceli, en el colmo de la desesperación, torciéndose las manos, exclamaba:

--¡Pero mamá de mi alma! ¿qué dirá la duquesa de Colmenar de la Oreja, qué dirá el marqués de Cabezón de la Sal al verse junto a un hombre que se llama Trompeta?

Todavía el hado adverso reservaba una prueba más cruel al temperamento primo y elevado de la prometida. Escudero, enardecido con su victoria, después de haber impuesto a Buceta y a Trompeta, llevó su audacia hasta proponer a Barragán. El paisano se había hecho su amigo íntimo, le había confiado la gestión de sus intereses y por último había tenido el rasgo feliz de ofrecer a la novia no un regalo como cualquier hombre vulgar, sino un billete de quinientas pesetas para que ella comprase el objeto que más le gustase. Este procedimiento generoso y práctico a la vez le había elevado considerablemente en el concepto de Escudero. La consternación más profunda se pintó en el semblante de su hija al tener conocimiento de la fatal decisión. No valieron súplicas ni lágrimas ni se logró nada con la intervención oficiosa de algunos amigos diputados para ello. Don Ramón permaneció inflexible. O Barragán era invitado o él mismo dejaría de asistir a la ceremonia. Se tragó, pues, a Barragán, ¡un trago bien amargo! Araceli, pateando de cólera en su gabinete, se prometía tomar en lo futuro una digna venganza. En cuanto estuviese casada ¡ni uno solo de aquellos hombres ordinarios pondría los pies en la casa ducal! Por su parte Escudero, temiendo haber llevado demasiado lejos sus exigencias, suplicó a Barragán en términos sentidos «que si era posible se recortase un poco las barbas». Cedió éste, bien convencido sin embargo en su interior de que no se lograría con ello borrar la odiosa traza de bandido con que, implacable, la naturaleza le había dotado. Pero como hombre dócil y de buena pasta, no sólo cedió a recortarse un si es no es la barba, sino que se vistió una flamante levita, se puso botas de charol, pantalón bombacho, sombrero de copa y en la corbata un alfiler con una enorme esmeralda falsa. ¡Estaba horrible! ¡patibulario! Los invitados al pasar junto a él no podían menos de sentir un escalofrío. Uno de los amigos del novio le llamó Rebolledo, aludiendo al bandido de la zarzuela Los diamantes de la corona, y la palabra hizo fortuna entre la juventud maleante.

La ceremonia debía de celebrarse a las cinco de la tarde. Los novios partirían en el sud-express poco después. A las tres, la multitud de los convidados invadía los fastuosos salones de la casa de Escudero, en la calle de Alcalá. Tristán estaba allí. Era uno de los testigos designados por la novia. Andaba solo, huyendo de juntarse a nadie según su costumbre. El sensible lance acaecido a su cuñado y en el cual había él tomado parte no había contribuido a mejorar su genio difícil y sombrío. El matrimonio de su prima, a la cual nunca había profesado mucha estima, le inspiraba un poco de risa, un poco de lástima y otro poco de desprecio. ¡Casarse, por ser duquesa, con un espectro!

Efectivamente Gonzalito Ruiz Díaz lo era. Al principio de sus relaciones con la niña de Escudero pareció animarse un tanto su naturaleza, pero a medida que transcurría el tiempo se fue debilitando nuevamente hasta inspirar miedo. Se decía en la familia que la oposición tenaz de su padre era la causa de tal decaimiento. Sin embargo, después del fallecimiento del duque nada mejoró de aspecto. Entonces se achacó a los amores. En cuanto satisficiese, uniéndose a Araceli, los vivos anhelos de su corazón engordaría hasta ponerse como una bola. Esta era la profecía que había encontrado más eco en la familia de Escudero y de todos sus allegados.

Cuando se presentó en el salón ataviado con el uniforme de maestrante de Granada, su faz lívida, el círculo azulado que rodeaba sus ojos, la fatiga que se leía en todos sus rasgos no pudo menos de sorprender a los circunstantes que empezaron a hablarse al oído. «Es el uniforme—decían algunos—lo que le da ese aspecto de muerto desenterrado.» «¡Qué uniforme! Es la emoción. ¡Ha sido siempre un chico tan sensible!» El pobre Gonzalito se sentía en efecto bien fatigado, bien conmovido, bien amarrado dentro de su vistoso uniforme. Todos los amigos se apresuraron a rodearle vertiendo en su oído palabras de felicitación. Unos lo tomaban por lo serio, le hablaban de su preclaro nombre que pronto iba a encontrar quien lo perpetuase, otros echaban el santo sacramento a broma.--«¡Ánimo, Gonzalo! Para sostenerte en este trance fiero aquí tienes a los amigos. ¡No tiembles a la vista del patíbulo!» Y señalaban al altarcito erigido allá en el fondo del salón contiguo y que se veía por la puerta entreabierta.

Al fin llegó monseñor Isbert que debía bendecir la unión de los jóvenes. Era un prelado doméstico de S. S., hombre de mundo, jovial, diplomático, tolerante. Por estas razones gozaba de gran crédito en la alta sociedad madrileña y había casado ya un número considerable de sus miembros. Señoras y caballeros le rodearon al instante y gozaron de su conversación culta y jocosa. Cuando se hubo cansado monseñor sacó el reloj.

--Ya se acercan las cinco—manifestó dirigiéndose con graciosa sonrisa a Araceli--. Perdone usted, señorita, que le recuerde el dulce y solemne momento que se aproxima en que cumpliendo los mandatos divinos entregará usted su libertad al elegido de su corazón.

Araceli bajó los ojos ruborizada.

--¿Dónde está el novio?--preguntó después monseñor con su voz clara y pastosa de orador.

--Eso es, ¿dónde está el novio?--preguntaron algunos dirigiendo miradas en torno.

--¿Dónde está Gonzalo? ¿donde está Gonzalo?--repitieron otros.

Al fin se le halló en un gabinete solitario sentado, con la cabeza entre las manos.

--¿Qué es eso?--se apresuraron a preguntarle su madre, su novia y las personas que se le acercaron corriendo--. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes indispuesto?

--Sí, me siento mal.

Y al levantar la cabeza dejó ver un rostro tan pálido que su madre dio un paso atrás, aterrada.

--Sí, me siento mal, ¡muy mal!

Apenas había pronunciado estas palabras una ola de sangre se escapó de su boca. Gritaron las mujeres, se conmovieron los hombres, acudieron los criados. Todos están tan asustados que no saben más que gritar:

--¡Un médico...! ¡una jofaina...! ¡un vaso de agua!

El vómito fue terrible. Pensaron que se quedaba en él. Cuando cesó le transportaron a una cama en las habitaciones que había ocupado Tristán de soltero. El doctor Ustariz, que se hallaba como invitado entre los presentes, le prodigó sus cuidados. Sin embargo, pocos minutos después le repitió el vómito. El doctor se apresuró a hacer salir del cuarto a todo el mundo, haciendo seña a monseñor Isbert para que se acercase. El sacerdote le dio la absolución de sus pecados sin oírlos, porque el pobre Gonzalito no volvió a pronunciar otra palabra.