Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · Emilia Pardo Bazán

Chapter 40: Capítulo 40

Encontrábase la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo. Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.

--¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?--preguntó después de repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada la forma de sus lomos.

Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:--«No; es decir, ¿yo qué sé? Haga V. él favor de explicarse».

--¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...

--Sí, sí; ya... el viernes.

--¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?

--¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente. ¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.

--No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.

--¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?--preguntó ya consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á la de Rojas.

--El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le salieron con «¿V. desacata al ministro?»

--Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo; pero recuerdo que aquí se hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...

--¡Mire V.--añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera—que ir un mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen vena. Talis pater... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas, traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo. ¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!

--Pues á mí,--arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué atenerse respecto á la sordera del Fiscal,--me parece que en todas las profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.

--Y claro,--siguió Laín,--ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el señorito. La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán. Como un guante estará dentro de un año.

Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las atrocidades del maligno sordo.

--Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada sordera...

--A mí no me venga V. con sorderas,--protestó la señora.--Dios me libre de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No nací en el año de los tontos.

--Y el que está más chiflado de todos,--advirtió Laín haciéndose el desentendido,--es el bueno de Don Gaspar. Ese ya, guillati por completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.

Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la calceta.

--Lo de Rogelín,--continuó con la misma bonachonería el sordo,--es tan natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese. Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala... Rapazadas que se caen de suyo.

La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.

--¿V. sabe lo que está diciendo?--exclamaba.--¿Le parece á V. bien lanzar esas cosas tan serias porque sí, sin prueba ni fundamento ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga? Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas en casa de su madre!...

--Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa, porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico, todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una mano de azotes en el tafanario, por archimemo.

¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones, porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada, insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas. «Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad, raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata encajándolo en el conducto auditivo del asturiano, acercado la boca y gritado con toda su fuerza:

--Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye? «Piensa el ladrón que todos lo son.»

Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva, exclamó con acento dolorido:

--Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me deja sordo.