Aunque rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio, Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la alcoba de su madre, miró á su alrededor.
Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte, roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada, inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa de algún miedo nocturno, implora compañía.
--¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!--cuchicheó.--Aquí.
Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia Rogelio.
--¿Duerme mamá?
--Y bien que duerme.
--Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito, para que no la despertemos.
--¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?
--Que no. Habla bien despacito... y de cerca.
--¿No le era mejor dormir?
--¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar ahora. Ponte aquí.
--¿Dónde?
--Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y despertaremos á mamá.
Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado, manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica, murmuró:
--Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!
--¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!--contestó la muchacha correspondiendo á la presión.
--¿Y si muriese, qué hacía yo, di?
No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga mirada elocuentísima.
--Si muriese—prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento de sensibilidad involuntaria—ahí tienes; no me quedaba nadie en el mundo más que tú, nadie.
--¡Yo!...--balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del estudiante.
--Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y sólo tú.
Hablaba así Rogelio medio incorporado, para mejor dejarse oir de la muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor, que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa ejercitar previsión.
--Tú, Suriña—repetía entregándose á las manos que con vigor casi convulsivo oprimían la suya.--¿Verdad que tú me quieres, y que me quieres mucho?
Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con la cabeza.
--Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.
--Pues es verdad—pronunció al cabo la chica recobrando el habla y apartándose un poco del estudiante.--Yo no sé qué me ha pasado á mí en esta casa, que le cogí así á modo de un cariño... un cariño muy grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin..., estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras, doy cabo de mí muy pronto.
--¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava?
--Verá... Porque pensé que V. me tenía tema.
--¡Yo tema!
--Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas melancolías muy hondas. Se me metió en la cabeza el verme...
--¿El verme?
--Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos, un gusano, una cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á devanar la madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo me valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme, es tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como tenía el alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría ir ni hecha cuartos, más que de ella me echasen.
--Porque sabías que yo te quería, Sura.
--No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que aborrecida era. De la rabia que tomé me daban ganas de morirme.
--Yo sí que me muero de gusto con oírtelo. Ahí estás muy mal, chica. Pon la cabecita en mi almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te alcance.
Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin desconfianza ni esquivez, y los dos permanecieron un instante silenciosos, saboreando el momento. La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las facciones de Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros con un matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio expresó su admiración así:
--Suriña, eres preciosa.
En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba de vuelta.
--Duerme como una santa.
--Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento?
--¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos ojos... ¿No lo sabe, señorito?
--Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte Dios con malos ojos?
La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos, espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar.
--No seas boba—murmuró generosamente Rogelio.--Tú qué culpa tienes, mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo escogemos. ¡Simple!
--¡Si viese cómo me trabaja eso allá dentro!...--articuló con vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.--Siempre estoy imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona, peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»
--Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste desde el primer día, ¿no sabes?
Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas importantes; pero Rogelio no estaba en disposición de prestarse á entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la comida.
--Mamá te quiere mucho—repitió.--¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.
Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é intuiciones adivinatorias del porvenir.
--Mira—murmuró Rogelio—si vieses qué bien me encuentro así contigo. Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez.
--No me muevo—respondió con firmeza la muchacha.--Así me quisiesen arrancar con tenazas, aquí me estoy.
--Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!
Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó todavía:
--¿Suriña?
--¿Qué?
--¿Me quieres mucho?
La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita:
--Hasta la hora de morir.