A Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan desgarrador y patético:
--¡¡Madre del alma!!
Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una exclamación de horrible susto.
--¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús, sangre!
En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la reanimó, y pudo decir con desmayado acento:
--No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada. Ya estoy así..., mejor.
--En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...
--No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.
Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo, al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción cerebral?»
--A casa, despacito—ordenó al cochero que se inclinaba lleno de curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:
--¿Pero mamá, cómo hiciste?
--No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.
--Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué tienes ahora, mamá?
--No sé... Parece que me entra un síncope—respondió con voz débil la señora.
De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»; pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí, hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora lanzó una queja.
--¿Qué te duele?
--Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.
Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos, con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez del Abrojo, y no me vengo sin él».
Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud en la cama, silencio, dieta mientras no se aplacase el estómago. Las demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía nada. Quietud, y se acabó.
Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo. «Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».
Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á la señora; pero de ella misma, no se averiguó jamás á qué hora había tomado algún sustento en aquel día memorable.
Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese, señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño... No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un recuerdo bufo cruzó por su memoria:
--¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?