Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · Emilia Pardo Bazán

Chapter 32: Capítulo 32

Ello sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y regocijaban toda.

Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea Dios! Así me gustan á mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz? Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas campechanamente, mira cómo es otra.»

Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos, habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien. La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la vez, formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente, sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso diseño de la virgen.

Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba Nuño Rasura, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus golpes de archimemo».

--Vea V., vea V.--repetía el señor de Febrero levantando la hermosa testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó sobando el cojín de terciopelo de su muleta,--qué buen tino ha demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan laboriosa como parece. En segundo, con ese aire de honestidad y de recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran todas así: nada de estos descaros de hoy día.

--Sí, sí; por fuera mucho compás...--respondía el empecatado Don Nicanor, requiriendo la trompetilla.--Unas santinas de alfeñique. Y por dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban! Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de Virgen.

--¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad, doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire tan modesto, abren más el apetito.

Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir, porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del decano.

A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo concerniente á «nuestra paisanita».

--¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?--preguntaba á la señora de Pardiñas, más con el centellear de los entornados y expresivos ojos tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz.

--Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer.

--¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.--Y ajustó los vidrios sobre la correctísima nariz.--Pero las amiguitas Romera—prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y la machaquería del viejo que quiere enterarse--¿la han traído de Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia de esta chica es gallega?

--Gallega, sí, señor—afirmó evasivamente doña Aurora.

--Será una familia decentita, ¿eh?--prosiguió el impertérrito Nuño Rasura.--Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí--añadió señalando á aquella escultural facción de su cara.--Ella, hablar, habla bien: sólo algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?

--Decente, sí tal—tuvo que responder la señora, de dientes afuera.

--¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?

--No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas) de un cura de aldea.

--¡Toma, toma, toma!...--articuló el decano enfáticamente.--¡Ya decía yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! Boccato di cardinale: son unas muchachas muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda prueba. ¡Toma, toma!

La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder reprimirse, indicó:

--¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso de agua... ó cosa así... con disimulo.

El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando momentáneamente al ejercicio de la sordera:

--¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V. responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los calaveras? Es un pecado, home.

Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más linda, con aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo secreteó á la señora de Pardiñas:

--Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...--y se tocaba la nuez—aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo..., cuidado!

--No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás—protestó la señora con enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.

--Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma rabadilla de Lucifer—alegó el maligno asturiano.--Venden modestia, y dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas... ¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»

--Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de viperinas—protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el suelo.--Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se toma en boca, señores.

--Ya, ya—replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.--Ya entiendo que á V. también le dan en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.

--No señor—declaró la señora de Pardiñas.--No se eche V. á pensar mal, que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á servir...

--¿Desde cuándo?

--Pues hará medio año... poco más ó menos.

--¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!

--¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.

--¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche! Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la nacionalidad de los amos con quien servía, home.

--Está V. equivocado—contestó airadamente el señor de Febrero.--Esta enfermedad, que se conoce por morriña ó mal del país, es terrible en mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura. ¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.

--Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con solfa de varas de avellano.

--Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...

--¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora; mire que es cosa grave.

--Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien servida con Esclavitud para deshacerme de ella.

Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo. El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del ex-presidente de sala: con todo, á veces le entraban impulsos de creer que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la boca»--deducía.--«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir siéndolo.»