Los primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó treinta.
Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so pretexto de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora, enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas, sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á las amigas:
--Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la aguja en la mano.
Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte.
Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento, obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que «no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la fisonomía.
--Hija, ¿qué te pasa?--la preguntó maternalmente á boca de jarro.--¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida? ¿Te falta alguna cosa?
La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones, y respondió bajito:
--No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague.
--Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de abrigo?
Como la muchacha guardase silencio, diciendo que no con la cabeza, dulce y obstinadamente, insistió la señora:
--Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me sienta en la boca del estómago.
Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud. Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde, modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan, pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»
En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento instintivo, como intentando huir y esconderse.--«¡Ta, ta!»--discurrió la señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.--«Ya había yo notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada, porque conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y cuando imagina que la miran mal...»--Insistió entonces en alta voz.--«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»
--Yo no estoy á disgusto, no, señora—contestó Esclavitud con respeto y no sin firmeza.--Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy perfectamente, lástima fuera. Pero otros...
--¿De dónde sacas eso?--replicó la señora mirándola fijamente.--¿Te he regañado desde que entraste?
--No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie—repuso la chica.--Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el infierno que sea, señora.
--Calla, calla, boba—gruñó su ama.--Ya se ve que das gusto. A tu repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.
En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña Aurora llamó á capítulo á su hijo.--«Te aseguro que el intringulis de esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro, imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que es capaz de enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú le hablaría... así... con más afecto.»
El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que responder lo metió á barullo.--«Nada, que de esta noche no pasa...: compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos paces la ilustre fregona y yo.»
En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu: tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo, durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual—sin duda por efecto de la excitación de su fantasía—le pareció muy demacrada, muy descolorida y más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»
Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos, cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola con la mano, exclamó:
--Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro un solo candil!
Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado, figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las excelentes entrañas del estudiante se conmovieron otra vez gratamente, y para disimular aquella emoción recargó la broma.
--¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias Fantoche del Derecho? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.
En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al levantar el paño, cierta cariñosa malicia.
--A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras. Ni el Rey las gasta más ricas.
--El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese prodigio!
En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que fuera gollería pedir más.
--Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!
--No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que palomas.
--Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice paloma en gallego?
--¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice pomba y también se dice suriña.
--¡Ay! ¡Eso de suriña, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en El Imparcial. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas V. en el armario. ¡Eso!
--¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!--exclamó la muchacha apenas lo abrió.
--Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la lección de idiomas.