Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · Emilia Pardo Bazán

Chapter 30: Capítulo 30

Doña Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama, porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del chocolate.

El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!

A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo, los chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:

--¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?

Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción necesaria... Era preciso irse con tiento.

--Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á la Pepa.

--¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?

--Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos. Hecha un conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.

--Mater, basta ya de prolegónemos—exclamó el chico ensopando en la leche la lengüeta de un bizcocho.--Todo esto viene á parar en que tomas á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene sus debilidaes.

--No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...

¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero ¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer, cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo, en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en la almohada y los ojos muy abiertos, atendía afanosamente á la narración novelesca de su madre.

--Ya ves—advirtió ésta al concluir su historia—que á la pobre hay que tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...

--Vamos...--respondió Rogelio recobrando su buen humor—resulta que á la niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece bien?

--¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!

--¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo galantemente cuando penetre en nuestra mansión?--preguntó el estudiante. Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:

--Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos. Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita: me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres camisas preciosas.

--¡Bah! Con encargarle á París un trusó como el de la señora de Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro mil pares de medias de seda... ¿Bastará?

Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta, acechaba el efecto.

--¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos buqué, caray, carapuche! como dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»

Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una: pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel, portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma. En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del abad de Vimieiro.