Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · Emilia Pardo Bazán

Chapter 29: Capítulo 29

Entró el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura, como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad, insinuó como aquel que no quiere la cosa:

--Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.

--A fe que no lo creí,--contestó redonda y duramente el artillero.

--Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo ha mostrado una prudencia... atroz.--Y, sin atender al gesto y la mirada de Rita, continuó impávida:--Un cuarto de hora hace que le pido informes de una chica paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de Vimieiro...

Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias confusas.

--Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...

Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del comandante, exclamó con acento profundo:

--¡¡La niña!!

--¡¡Y qué, la niña!!--respondió Don Gabriel remedando el tono dramático de su hermana.--¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no puede oir la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso?

--Gabriel, eres tremendo, hijo,--gimió Rita, alzando al cielo sus bellos ojos meridionales.--Una matándose por hacer de tus sobrinas lo que deben ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso no se puede.

--Ea, señores,--insistió la pesada de doña Aurora,--yo estoy á mi pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme esos informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra habitación...

--Que es lo que voy á hacer ahora mismo. Eugenia, vete, hija, á estudiar el método de Concone.

La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á su tío con dos ó tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún estudio reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente se descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte.

--Verá V.,--recalcó doña Aurora,--ahora que podemos hablar libremente. Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar en mi casa á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á alguna historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni por Dios ni por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra batalla. Ya nos estábamos formalizando cuando V. llegó.

--La historia...,--dijo Gabriel limpiando nerviosamente sus lentes de oro y calándoselos con ahinco.--Aguarde V., señora, que si mi memoria de gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura Lamas Tarrío no es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no, escribo hoy mismo á Galicia preguntando.

--¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz, y cada día que pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya que se te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia.

--Más cargo de conciencia es,--replicó Gabriel con vehemencia,--que la chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora, ahora le puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda la madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que si recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin equivocarse. ¡Y le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela!

--Allá tú,--articuló Rita venenosamente emprendiéndola con los encajes otra vez.--Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos.

Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á Rita de soslayo y pensó:

--Fastídiate, pinturera...

--Verá V.,--empezó el comandante.--Ese cura Lamas fué un infeliz, ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí; aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido, cama y caldo caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...

--¿Y era Esclavitud?

--No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso lozana y guapetona. Y,--aquí la voz del comandante adquirió tonos irónicos,--al desabrochar la flor de la nubilidad...

--¡Ay, Gabriel!...--respingó Rita.--Ciertas cosas se pueden contar de otro modo. No se necesita entrar en detalles que...

--¡Bah!--dijo doña Aurora.--Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después?

--Después vino Esclavitud.

Aunque la señora afirmaba estar al cabo, la noticia, dicha así de pronto, casi la hizo saltar en la silla.

--¡Aah!--pronunció, quedándose muy meditabunda.--Por eso la pobre... Bueno: ¿y después?

--¿Después?--recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo al fin cucharada.--Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el pié y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...

--Mi padre,--advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,--con una mano machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que le dejasen la chiquilla.

--Sí,--volvió á entrometerse Rita,--bonito remedio fué: peor que la enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba. Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos arrebatos de sangre,--en casa por cierto,--que fué preciso aplicarle un golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas...

Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento.

--Mira,--advirtió,--ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso no viene al caso. Despachemos pronto la historia, y deja que yo la acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores pañales y más... ortodoxamente.

--Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las cosas.

--Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de Vimieiro.

--Falta le haría,--advirtió Rita,--y también para la de su madre, que allá en América parece que se dió á la vita bona.

--¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis carecido de consideración ni de pan!--exclamó Pardo, ya indignado seriamente.--Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo que esa Esclavitud vale más que...

Se contuvo por fortuna, y añadió:

--Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres, diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde la gente sepa y recuerde y diga...

--También juraría lo mismo—asintió con calor doña Aurora.--Ahora entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos nobles... y que esos rasgos la honran mucho.

--Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,--exclamó Rita con una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus hígados.--Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él, estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita Pardo.»

La señora pensaba para su rotonda de pieles:

--Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te he calado, ya.

Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la chiquilla, le deslizó al oído:

--Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban, no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá, porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!

--¿Tití Gabriel, me llevas contigo?--arrullaba la zangolotina.--Contigo sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!

--A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés! ¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho! ¡Cuide V. el rosbif de papá!

Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y ella pagó en seguida el envío.