Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · Emilia Pardo Bazán

Chapter 28: Capítulo 28

Cuando arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:

--No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.

--¿Y á dónde te vas ahora?

--Por ahí,--respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del hombre que se emancipa, algo semejante al nervioso aleteo del pájaro cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.

--Algún día ha de ser...,--pensaba.--Está en una edad en que no se puede tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.

Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo. Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y gritando:

--¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.

--Que pase á la sala... voy inmediatamente...--respondió desde alguna oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores variados, una étagère con estatuitas de fundición, cacharros vulgares, y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa criaturas menores.

Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo. Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura; pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno, Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son terribles: las pierde uno en atender á chinchorrerías y á recaditos... Cuánto va á sentir Eugenio...»

Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente comentario.

--¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas! ¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?

--No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.

--¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí, es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á incienso. ¡Una santita mocarda!

Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió, no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.

--¿Conque V. la conoce mucho?

--¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para Vimieiro, cuando servía el otro curato en la montaña. Siempre le teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también favores... favores gordos, doña Aurora.

--Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha entrado.

Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é hizo un mohín de difícil interpretación.

--¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V. comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso, hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...

--¡No, poco á poco!--exclamó alarmada ya la señora.--Para mí los buenos antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá. Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria, sin que V. me explique...

Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en aprieto.

--Aurora... hay cosas de esas que... que por muy públicas que sean, no puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se me figura que resultará una excelente doncella.

--V. se guasea, Rita,--dijo la señora dando vado á su impaciencia creciente.--Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No, hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V. el enigma, y entonces...

Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor lastimado.

Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la sala la niña mayor,--la zangolotina de doce años,--saltando de júbilo y exclamando:

--Mamá, mamá, tío Gabriel.

Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina inspiración, se afirmó en el suelo calculando:

--Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.