--Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.
--¿Esta chica?
--Sí, señora... De las señoritas de Romera.
--A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo.
Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir.
--¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú.
Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así:
--«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...»
--Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el reuma mis caderas no están para músicas.
En tono natural leyó Rogelio:
«Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas,
manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos
atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó
ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su
marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de
ella, al contrario.
«Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,
«PASCUALA Y MERCEDES ROMERA.»
--¿No dice más, hijo?
--Trae una posdata tonta. No la leo, ea.
--¿Una posdata tonta?
--Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo... Las bobadas de cajón.
--Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,--exclamó la madre con viveza.--Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco. Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas. ¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.
--¡Pero, mater terribilis, si en cuanto piso aquella antesala me entra un sueño... y no hago sino bostezar!
--Pues son unas santas.
--¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas, tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de La Diva, «Rogelito, ¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»--Al decir, así imitaba la voz cascada y el acento malagueño de las solteronas.
--Valiente pinturero estás tú,--murmuró la señora reprimiendo la risa.--No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.
--Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella dimora casta è pura flota en la atmósfera un beleño letal.
--¡Farsante!
Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo cargo y se encaró con ella.
--Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su venida. ¿Quiere subir?
--No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...
--A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?
--Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de V.... ó de otra familia gallega,--añadió después de una pausa.
Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se ruborizaba un poco.
--¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso?
--Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo; ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas, estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando: Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á una persona del país.
Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan distinto del desgarro que gastan las Menegildas madrileñas. Sólo que no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis. Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo bajaba la cabeza y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y prados deleitosos.
--Hija—advirtió la señora—yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el coche sea conmigo.
La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora preguntó:
--Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá?
¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar—se necesitaba ser sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo—tartamudeaba, sobre todo en las primeras frases.
--A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.
--¿Cómo no entró V. á servir allá?--insistió la señora, que sobre una pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que pasó por el rostro de Esclavitud.
--No... no se me proporcionó--respondió con acento ahogado.--Luego, como allí todos me conocían, me daba vergüenza.
Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el tono para suavizar lo áspero de la idea.
--Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera, que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso? Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí otras personas de allá, del país, para responder.
La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó:
--Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana.
--¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y dice V. que la conoce?
No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para expresar: «¡Bah! Desde que nací.»
--Bien...--murmuró la señora.--Francamente, hija, siento que deje V. á las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...
--No niego eso—replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;--solamente que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura. Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con esto y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá. «Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron.
Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no se veían, porque los bajaba, según costumbre.
--Serénese—ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido... qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla.
--Mire—declaró adelantando la cabeza por la portezuela—lo que es ahora mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra persona quisiese saber...
Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del pañuelo de seda negra.
--Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra, así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que...
--¡Ya, ya!...--atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:--Pero y entonces ¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre?
Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón. Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el estudiante: luego pronunció risueña:
--¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve. Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.
Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué uno de esos instantes de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas, enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora, de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por recorrer el ciclo de la vida.