Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · Emilia Pardo Bazán

Chapter 26: Capítulo 26

La calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad, conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto. Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y descenso de los tranvías.

Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo. Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente «sus trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos, y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas, todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora, y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la muiñeira; les hablaba con la u, á guisa de sirviente de comedia de Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía:

--Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá.

A lo cual solían ellos responder:

--¡Qué señorito tan pavero!

Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde una legua que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes:

--Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma? Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?

--Señorito... estaba á leer La Correspondencia.

--¡La Correspondencia! ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? ¡La Correspondencia! ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela, simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo!

Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros.

Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete, aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era gallego. Rogelio venía llamándole con señas y gritos:

--¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza!

Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante; pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza, no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.

--¡Señorito, qué cuaselidá!--exclamó Martín al conocer á Rogelio.--Esta joven (el cochero pronunciaba joven con g) viene en busca de la casa del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae una carta...

--¿Quiere V. dejarme ver el sobre?--indicó el estudiante, que al dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono.

La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico.

--¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú, simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial, tirada por ese lánguido cisne.

--Dios se lo pague, señorito—dijo la muchacha con voz bien timbrada y dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas ribereñas.--No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la casa, que el cochero me lo señaló.

--Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta.

Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto, se colocó á su izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún. Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo, gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto, experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo? ¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad:

--¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?

--Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No las conoce?

--¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo que no las vemos.

--Estuvo malita doña Pascuala, la mayor. Tuvo una cosa que le dicen enginas inflamadas. ¡Ay! Muy mala estuvo.

--Y ahora, ¿sigue mejor?--interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.

--Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de junta ella.

--¿Estaba V.... allí?--(Rogelio no se atrevió á decir sirviendo.)

--Sí, señor, desde que vine de allá.

--¿Conque galleguita?

--No tengo por qué negarlo.

--Ni yo tampoco, caramba.

--No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí y la de todo el mundo.

Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie. Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y, desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.