Aquella asamblea de sonámbulos se despertaba y alborozaba al entrar Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en coche, acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto de mote Inútil Club; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le llamaba Laín Calvo; y al afeitado y galante señor de Febrero, Nuño Rasura. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora de Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al chico:
--Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los pobres señores te quieren!
Sí que le querían. Al aparecer Rogelio, era como si algún rayo de sol dorado y caliente se deslizase en una de esas habitaciones cerradas, donde muebles, cortinas, papel y cuadros, han adquirido el desmayado matiz del polvo y la humedad. Todos los viejos amaban entrañablemente al chico: el uno le había visto en mantillas; el otro había asistido á su primera comunión; éste le traía juguetes cuando pasó la escarlatina; aquél, compañero de Sala é íntimo amigo de su padre, chocheaba recordando los dulces del bautizo... Si se dejasen llevar del primer impulso, á pesar de la orla negra que realzaba el arqueado labio superior de Rogelio, serían capaces de besuquearle los carrillos y traerle caramelos y cacahuetes. Para ellos era siempre el pequeño, el rapaz: cierto que, por un fenómeno natural de óptica, los excelentes tertulianos de la señora de Pardiñas propendían á seguir considerando como niños á los jóvenes, y como jóvenes á los machuchos. Se les oía decir, verbigracia: «¿Conque se murió Valdivieso? ¡Hombre, pues si estaba en lo mejor de la edad, si era un chico!» Y necesitaba intervenir el maligno asturiano, haciendo de la diestra embudo acústico, ó metiéndose la trompetilla: «¡Caray, caray con los chicos que sueñan Vds.! Valdivieso no cumplía ya los cincuenta.» «No tanto, no tanto.» «¿Que no tanto? Y los que mamó y anduvo á gatas.»
Al tratarse de Rogelio, extremaban la manía de no advertir que el tiempo pasa y hacerse los distraídos cuando suena el reloj. Cada año que ganaba en la carrera de Derecho, era para ellos un asombro: no le concebían abogado: quisiéranle deletreando todavía en la escuela. Lo cual no dejaba de amoscar al estudiante. Al regresar de una excursión de veraneo á San Sebastián, sucedió que le preguntase con la mejor fe del mundo el señor de Rojas:
--¿Cómo te habrás divertido, eh? ¡Todo el día corriendo y jugando por la playa!
Y el chico respondió, sin descubrir el amostazamiento sino con un mohín de pillería truhanesca:
--¡Vaya! Muchísimo. Hice agujeritos y chocitas con la arena. ¡Gocé más!
En el fondo, el buen corazón del chico se había apegado á la colección de honrados vejestorios que frecuentaba su casa. Aquel mismo señor de Rojas (por ejemplo), le infundía un respeto cariñoso, por su justificación y rectitud intachable. Si Temis descendiese á este bajo mundo, se hospedaría en casa del señor de Rojas, y encontraría allí altar y simulacro (de madera, según Candás). Estricto celador del sentido literal de la ley, Rojas marchaba por el angosto camino que veía, sin titubear, alta la frente y tranquila la conciencia. Persuadido de la altísima dignidad de su cargo, cubría las exigencias del decoro social á costa de una economía y una modestia inverosímiles de puertas adentro, comprendido y secundado en esta obra heroica por su mujer. No conocía influencias políticas, ni amistosas, ni de ninguna especie. Pasaron por sus manos asuntos en que se atravesaban millones, y la codicia, que no es sino instinto de conservación en forma de adquisividad, ni resolló siquiera. Por eso el severo nombre de Prudencio Rojas era pronunciado, ya con veneración, ya con la solapada y disolvente ironía que adopta el vicio para desacatar á la virtud. El cáustico Don Nicanor llamaba á Rojas fantoche del Derecho. Decía que todo en él era de palo, la inteligencia y el carácter; sin ver ó sin querer ver que esta clase de hombres, cuando las leyes fuesen perfectas dentro de lo humano, podrían, con su firmeza é integridad en aplicarlas, hacer reinar la edad de oro.
Muchas tardes, especialmente si hacía frío riguroso ó llovía ó nevaba, Rogelio, en vez de salir, se acurrucaba en el rincón del ancho sofá, y atendía á las soñolientas conversaciones de los viejos. Cuando podía, trataba de dirigirlas hacia un punto para él muy interesante: nunca se cansaba de oir hablar de su tierra, Galicia, de donde había salido muy pequeño. Casi todos los tertulios, ó eran de allí, ó allí habían pasado largas temporadas desempeñando puestos en la Audiencia de Marineda; y hacíanse lenguas de la benignidad y salubridad del clima, lo barato y sabroso de los alimentos, lo tratable y afectuoso de la gente, y la hermosura extraordinaria del país.
--No sé cómo nuestra amable amiga doña Aurora no lleva allá á este pollo para que conozca su cuna—decía el señor de Febrero sobando el cojín de la muleta.
--Si siempre estoy proyectándolo—contestaba la señora—y es de esos planes que tienen desgracia. La verdad, ustedes comprenden que hasta el día todo se me ha vuelto dificultades y tropiezos.
--Di que eres muy remoloncita, mater admirabilis—objetaba el hijo.--Por tu gusto serías árbol, para echar raíces donde te plantasen.
--Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia te hubiese llevado, niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí la tierra? Los que allá nacimos... es tontería; no tenemos más ganas que de volver, ni perdemos nunca la querencia.
--Y los que no nacimos lo mismo—intervino Don Nicanor Candás, armado de trompetilla.--Ahora daba yo el dedo meñique por pasarme un año en Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón.
--Pero á mí--prosiguió la señora—siempre se me descomponía el plan, como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de volver á tu país antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que te caigas de vieja. Verán Vds.:--y contaba por los dedos.--Primero: que la incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á rodar de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado, de Oviedo á Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego al Supremo aquí... Mi matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate, hombre, jubílate, y volvámonos á la terriña, á no dejar por ahí nuestros huesos. Para vivir nos sobra con lo nuestro, y los hijos no son tantos que nos agobien. Pero... como ya saben Vds. lo que era mi pobre marido, que no es que yo lo diga...
Rumor de simpatía en la asamblea.
--Creía que en seguir la carrera hasta el fin consistía su obligación... ¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y era preciso respetarla. Y después, como se puso ya tan malito...
Aquí la voz de la señora se enronquecía algo; llevaba la mano al bolsillo, y se sonaba, aplicando luego el pañuelo á los ojos.
--De manera—repetía suspirando y encogiéndose de hombros—que cuando llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis cuñadas, y la de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me desenredaba. De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas, que en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren Vds.? Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme en aquellos carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un remedio... Así que se transigieron bien que mal las cuestiones y se devanó el ovillo de la testamentaría, cate V. que ponen el tren directo hasta Marineda... Pero ya se me había enfriado el alma, porque volver allá para encontrarse de esquina con toda la parentela...
--Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus mismas noticias, están de nuestra parte.
--Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es difícil saber quién está por uno y quién en contra. En ese particular he recibido desengaños atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el cuchillo hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así... francotes y reales, como los castellanos viejos.
--Habla V. como un libro—asentía el señor de Candás, no desperdiciando la ocasión de sacar las uñas.--El gallego reunirá los méritos que V. guste; pero á retorcido y escurridizo y falso no le gana nadie. No contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no tienen fe, ó si la tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no se atreven á colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados.
--¡Cuidadito con insultar á la tierra!--decía festivamente Rogelio.
--Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano. Más chalanes y más socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en litigar? ¡Santo Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V., home; el aldeano más rudo le da á V. cien vueltas.
--Eso prueba,--alegaba el señor de Febrero—que somos gente despabilada; no me lo negará V.
El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto de plata á fin de no hacer caso de la observación y despacharse á su gusto, proseguía:
--Y hay tontines que llaman á los gallegos listos; yo lo que digo es que son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos unos pobretes, comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres y de quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se les vuelve pucherines y lamentos.
La tez de marfil del señor de Febrero se encendía un poco, porque le era imposible habituarse á las malignas descortesías de Laín Calvo.
--Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V. que aquí estamos en mayoría los gallegos. ¿Le gustaría á V. que yo le repitiese ahora aquella vulgaridad de «asturiano, loco, vano, mal cristiano?»
--Hay—proseguía el fiscal imperturbable—una tanda de memos en polvo que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente, sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo; y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz, hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un ochavitu aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente donostiarra!
--A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle—objetaba furioso Nuño Rasura.--Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia y tiempo. Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine. Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo...
Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado. Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras en la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.