Doña Aurora tenía su tertulia, y vespertina—nada menos que un five o’clock, como diría algún revistero—sólo que sin tea, ni ganas de él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el hábito.
El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca Don Gaspar Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo, rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia, sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.
Agotada la cuestión sanitaria—todo se agota—pasaban, casi siempre por iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables. No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica, recetas y potingues.--«No parece sino que está uno con un pié en el sepulcro»--decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las reminiscencias. Los diálogos solían empezar así.
--¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando Narváez...
O de este otro modo:
--¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...
El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza:
--Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada significan miserables veinticinco ó treinta años.
--Sí; pero en la de un hombre...
--Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los cincuenta llamo yo la flor de la edad.
--Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y estamos para que nos saquen en un carro al sol.
Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva, consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero: mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida pelambrera con que los viejos verdes se obstinan en reparar el irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses, galantes y rendidas.
A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios, todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente calvos, que le decían en tono de envidia:
--Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos aquí.
Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente el copo de los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya, como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados, empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las fechas y hasta las palabras.--«Este señor de Febrero es una cartilla vieja»,--solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al arbitraje de Don Gaspar.--«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»--«No, señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre... digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.»
--¡Pero, hombre!--exclamaba el aludido cuando llegaba á enterarse.--¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta.
Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía de chiste. Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa. En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».
La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con él.--«A ver,--decía,--cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí... Digo, no, no. Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría á Vds.»
Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo. Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes «señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía; y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión de códigos.