Corrieron buen espacio desalados, creyendo que los seguían. El que primero se cansó fue Andrés.
--Es inútil correr—dijo poniendo una mano en el hombro de Rosa para detenerla.--Nadie nos sigue.
Volvió la aldeana hacia atrás el rostro, donde aún se pintaban el terror y la zozobra, escuchó con atención un rato, y cerciorándose de que su padre no la perseguía, respiró libremente y se fue serenando. Mas al tropezar sus ojos con los de Andrés, turbose de nuevo y se llevó rápidamente las manos al pecho para subir el pañolón que se había echado al bajar a la cocina. No traía más que la camisa y una enagua. Al verse en aquella figura delante del joven sintió gran vergüenza. Ambos quedaron confusos un instante, sin saber qué hacer ni decir. Ella fue la que primero rompió el silencio con voz temblorosa.
--Yo me vuelvo a casa, D. Andrés... aunque mi padre me mate.
--¡Eso sí que no!--contestó él reteniéndola por el brazo.--Ahora no puedes volver de ningún modo. Es necesario que antes se temple tu padre un poco... Si esta noche pudieras dormir en otra casa, mañana le echaríamos algunos amigos... y tal vez le calmaríamos...
--Pero ¿dónde voy a dormir?
--¿No tienes ningún pariente en el pueblo?
--A mi tío Jaime nada más.
--¡Bribón!--murmuró el joven con rabia.
Volvieron a quedar meditabundos. Rosa levantó la cabeza con alegría: tenía una idea.
--Mi tía Eugenia vive en Marín. Hace tiempo que no nos hablamos. Mi padre ha reñido con ella... pero ¿qué importa?
--¿Y dónde está Marín?
--A una legua de aquí, camino de Lada.
--Vamos a allá--repuso el joven resueltamente.
Y echaron a andar a buen paso por el angosto camino de la cañada.
La noche estaba más clara. El disco de la luna asomaba grande, rojo, inflamado, por encima de las montañas. El ambiente era diáfano. Corría una brisa fina y helada, encajonada entre las paredes de la garganta.
Los fugitivos marcharon un rato en silencio. Andrés, aturdido por la situación singularísima en que se había puesto, no estaba, sin embargo, disgustado. De vez en cuando miraba con el rabillo del ojo a su amiga, admirando la bravura de aquella chica, que en lance tan apurado marchaba serena, confiándose en él, y segura de sí misma.
No se oía más ruido que el que ellos hacían al pisar las hojas secas sembradas por el camino y el murmullo lánguido del riachuelo. A veces un soplo más fuerte de la brisa levantaba sordo rumor entre las ramas medio desnudas de los árboles. El arroyo estaba cubierto de una bruma blanca y espesa, por encima de la cual asomaban sus puntas los juncos y arbustos que crecían en las orillas. A la luz de la luna este manto de bruma resplandecía tan blanco como la nieve.
Andrés observó, en una de sus frecuentes ojeadas, que Rosa iba descalza, y detuvo el paso.
--No había reparado en que vas descalza, Rosa.
--Tampoco yo—repuso ella mirándose tranquilamente a los pies.--Cuando chica andaba mucho así: no se me hace novedad.
--No, no puedes seguir de ese modo: te vas a hacer daño. ¿Quieres ponerte mis zapatos?
La joven soltó una carcajada.
--¿Sabe que tendría gracia, D. Andrés, que usted fuese descalzo?
--No será más que hasta la rectoral. Cuando pasemos por allí entraré y sacare mis borceguíes de caza... Vaya, póntelos, que me das gusto en ello...
La aldeana se resistió mucho tiempo, en broma primero, en serió después: le parecía un absurdo. Andrés insistía con afán, acometido de impulso caballeroso y galante: mas no pudo vencer su obstinación. Entonces se detuvo y dijo resueltamente:
--No doy un paso más si no aceptas.
Ella le miró sorprendida; pero viendo que, en efecto, no se movía, tomó el partido de aceptar. El joven cortesano se despojó rápidamente de sus zapatos, la hizo sentarse sobre la paredilla del camino, arrodillose delante y la calzó delicadamente, gozoso de dar una prueba de estimación a aquella gentil criatura, que tantas le había dado de constante afecto. Ella la recibió sonriendo, ruborizada y enternecida. Como Andrés tenía el pie chico, los zapatos le ajustaron regularmente.
Se pusieron en marcha de nuevo. Rosa protestaba a cada paso de aquel cambio tan extravagante; se dolía, con frases que revelaban sincera pena, de que Andrés fuese de aquel modo indecoroso, exponiéndose a coger una enfermedad. Pero éste reía y marchaba dando brincos para convencerla de la fortaleza de sus pies, vestidos solamente de un fino calcetín. Al fin ella calló. En vez de proferir palabras, miraba a su amigo de vez en cuando con ternura y admiración. Andrés, que sentía sobre sí estas miradas, las evitaba. Llegaron al pueblo, y en vez de cruzar por él, lo rodearon; no fuese que algún vecino anduviera todavía por la calle. Subieron después el camino de la rectoral. Al llegar a ella, el joven se entró con cautela, sacó sus borceguíes y dejó otra vez la puerta entornada, sin echar la llave. Algo más lejos se sentó sobre una piedra y se calzó.
--Ahora ya te puedo decir, Rosita, que me iba haciendo un daño terrible.
--¡Si es más testarudo!--repuso ella con una mueca de enfado.
Emprendieron otra vez el camino con brío. Subieron otro poco más, traspusieron la colina que cerraba por aquella parte el vallecito de Riofrío, y bajaron la cuesta hasta que dieron sobre el río. El camino, que era el mismo por donde meses antes Andrés había venido de Lada, fue llano desde entonces. El joven cortesano preguntó a su compañera dónde estaba Marín.
--Allá, después de un trecho, dejaremos el camino y tomaremos la cuesta. Marín está detrás de aquel monte que ve a mano izquierda—dijo apuntando con el dedo.
El paisaje estaba bañado de luz. Los árboles resaltaban como en pleno día. Como aquel valle era más abierto, la brisa de la noche no había dejado reposar la bruma sobre el río: manteníala en las orillas formando dos blancas murallas gaseosas, por medio de las cuales el agua se deslizaba suavemente, despidiendo reflejos plateados. Por encima se extendían los pardos castañares, arraigados en las faldas de las colinas. Allá, a lo lejos, cerca de la luna, alzábanse las cimas dentadas de las montañas, envueltas en finísimo cendal blanquecino. El sosiego y la hermosura de tal espectáculo despertaron en el alma de Andrés emoción suave. El mágico atractivo de aquella noche poética le produjo una sacudida de gozo: cruzó por su ser un soplo blando y voluptuoso, que le embargó algunos instantes, y en su corazón palpitaron ansias inefables, indefinibles. Volvió los ojos a Rosa y la halló hermosa y serena como el paisaje que tenía delante. Y acometido de súbita ternura hacia ella, la tomó una mano y la estrechó delicadamente. La joven volvió también el rostro. Sus ojos se encontraron y sonrieron. Después, cogidos por los dedos, caminaron en silencio.
Poco a poco iban acortando el paso. Al cruzar por delante de un caserío, les salió al encuentro un perro ladrando. Bastó que Andrés se bajara a coger una piedra para que el can se alejase. Este suceso les sirvió de tema para charlar algunos momentos. Andrés habló de un perro de caza muy hermoso que le habían robado en Madrid. A Rosa le gustaban mucho los perros, pero no los quería en casa porque su padre, cuando eran viejos y no servían, los colgaba de una cuerda y los mataba a palos.
--¿Y por qué los mata de ese modo?--preguntaba Andrés.
--Para aprovechar el pellejo: todos hacen lo mismo—respondió ella.--¡Qué corazón tienen los hombres!
Algo más lejos oyeron pisadas de caballos, y se detuvieron. Venían hacia ellos. Apartáronse un poco del camino y se escondieron entre los arbustos de las márgenes del río. No tardó en aparecer una recua de mulos: el arriero montado sobre uno de ellos.
--Es el tío Pedro, el mantequero—dijo Rosa al oído de Andrés.--¡Fortuna que no nos haya visto!
Cuando la recua se alejó, salieron de su escondite y siguieron la marcha. Andrés quiso informarse de la familia que Rosa tenía en Marín. Ésta le contó mil pormenores referentes a ella. La tía Eugenia era hermana de su difunta madre: estaba casada, pero el marido andaba por Sevilla ganándose la vida: tenía una hija de la edad de Ángela, llamada Máxima, y un hijo ya mozo también, que era quien llevaba el peso de la labranza: estaban bien de intereses; pero eran muy avaros todos, particularmente su tía: decían que el marido se había marchado por no sufrir su miseria: por cosa de pocos reales en una cuenta de maíz, había reñido para siempre con su padre. Ni a nosotros siquiera nos saluda cuando nos ve en el mercado... Así que tengo miedo que no me admita en su casa—terminó diciendo tristemente. Andrés la tranquilizó acerca de este punto. Si eran tan avaros, con dinero se arreglaría.
Llegaron al paraje en que era forzoso dejar el camino llano y tomar el de la montaña. Dejáronlo, en efecto, y comenzaron a subir por un sendero trazado en zig-zag entre los castaños. Dentro del castañar la sombra era espesa. Como llegaban del camino alumbrado por la luna, apenas veían. La oscuridad les infundió respeto, y guardaron silencio.
Rosa comenzó a marchar más de prisa, dejando atrás a su amigo. Éste a su vez, impresionado dulcemente por el misterio profundo del bosque y la agitación silenciosa de los pájaros e insectos que pululaban por el suelo y el follaje, aflojó el paso.
Al levantar la cabeza se encontró solo.
--Rosa, Rosa, aguarda.
--Vamos, D. Andrés, camine un poco más.
La voz de la aldeana hizo correr de repente por su cuerpo un estremecimiento amoroso. Cuando se juntó a ella y le dio otra vez la mano, Rosa la sintió tan ardiente y temblorosa que separó bruscamente la suya. No intentó de nuevo tomarla, y procuró refrenar el tierno y vago deseo que comenzaba a embargarle. Desde este momento hubo menos confianza entre ellos.
Salieron al cabo de los castañares, y se dispusieron a doblar la colina que les separaba de Marín. Hacia la cumbre estaba desembarazada de árboles. El terreno era más árido. La luna les alumbró nuevamente.
Rosa tornó a ser comunicativa y se aproximó a su protector risueña y confiada. Pero un rumor que creyó advertir detrás la hizo ponerse seria de pronto y detener el paso.
--¿No oyó usted, D. Andrés? Parece que viene gente...
--No oí nada.
Ambos quedaron atentos, silenciosos, sin pestañear siquiera. Después de un rato, los dos percibieron, en efecto, confuso rumor de voces allá abajo, entre los castañares.
--Vienen a buscarnos—dijo la joven empalideciendo.
--Lo peor es—repuso Andrés, echando una mirada ansiosa a todas partes—que aquí no hay donde esconderse. ¡Está tan desnudo esto!
--A la mano de allá, en cuanto se baja un poco, hay un establo...
--Pues vamos a la carrera, a ver si logramos doblar el monte antes de que nos vean.
Corrieron briosamente hasta quedar embazados. Al fin consiguieron trasponer la colina, y deteniéndose un punto a tomar aliento, bajaron otra vez de corrida hacia el establo, que no distaba mucho de la cumbre.
La puerta estaba cerrada con llave. Los fugitivos se miraron acongojados, sin saber qué hacer. En mucho trecho a la redonda no había nada donde guarecerse. Oíase ya formidable rumor de voces hacia la cumbre que acababan de doblar. Rosa señaló con mano trémula al pajar. Andrés escaló la pared prontamente, apoyándose en las estacas que para subir había clavadas: tiró de la portilla enrejada de madera que lo cerraba, y la abrió sin dificultad. Desde adentro extendió las manos a Rosa, que ya subía, y haciendo un gran esfuerzo consiguió suspenderla y colocarla junto a sí.
El pajar estaba mediado de yerba. Subieron por ella ayudándose con pies y manos hasta ponerse en lo más alto, y se dejaron caer exánimes de fatiga sobre el rústico diván, que crujió y se hundió suavemente bajo su peso. Andrés apartó las yerbas que le cubrían la cara y miró por la ventana. Rosa hizo lo mismo. Esperaron.
Al través de las toscas rejas veíase la vasta pradera, en declive, que habían recorrido, iluminada por la luz nocturna. Abajo estaba limitada por algunos árboles, cuyas copas oscuras contrastaban con el césped bañado de resplandor. Allá, a lo lejos, blanqueaba la cima de una montaña en el vapor luminoso. Desde lo alto del cielo, la luna inmóvil dejaba caer sosegadamente sobre el paisaje la onda tibia de su luz.
Fuéronse acercando las voces. El corazón de los jóvenes palpitaba fuertemente. Grande fue su pasmo y alegría cuando vieron cruzar por delante de la ventana un tropel de hombres riendo y gritando. Rosa los reconoció en seguida: era una partida de mozos de Riofrío: entre ellos iba Celesto, gesticulando alegremente, con el descomunal sombrero de fieltro en el cogote.
Los amantes dejaron escapar un suspiro de placer y se miraron risueños.
--Ya no me acordaba—dijo Rosa—de que mañana es la fiesta de Santa Teresa en Marín. Estos mozos van a la hoguera. ¿No vio qué alborotado iba Celesto, don Andrés?
Y al recordar la grotesca figura del seminarista rió con toda su alma. Andrés, por contagio, también se dejó arrastrar hacia la risa. Cuando los ímpetus se iban calmando, Rosa tornaba a despertarlos contrahaciendo los ademanes ridículos del aprendiz de cura; y para mejor fingirlos quitó el sombrero a su amigo y se lo encasquetó en la parte posterior de la cabeza. Así estuvieron algunos momentos, entregados a una alegría infantil, completamente olvidados de la singular y comprometida situación en que se hallaban. Sosegadas al cabo aquellas avenidas, quedaron silenciosos y embarazados, no sabiendo qué decirse. Andrés fue el primero que habló.
--Si hay hoguera en Marín, no puedes bajar en esa traza, Rosa...
Ella no contestó. Ambos meditaron. El joven tornó a decir:
--¿Sabes lo mejor que podíamos hacer?... Pasar aquí la noche... Mañana temprano, yo bajaría al pueblo y avisaría a tu tía para que te subiesen ropa...
Tampoco respondió la aldeana. Sentada sobre la yerba, con la cabeza baja, los ojos extáticos y mordiendo una brizna de paja, parecía abstraída en grave meditación.
Andrés se aventuró al fin a preguntar tímidamente:
--¿Qué dices, Rosa?
La zagala alzó los hombros, y con los labios hizo una mueca expresiva que significaba indiferencia y dolor al mismo tiempo. Andrés la comprendió, y apoderándose de una de sus manos, dijo cariñosamente.
--No te pongas triste... Verás cómo mañana lo arreglo yo todo.
La joven siguió muda. Al cabo de un instante, Andrés observó que por sus mejillas resbalaban algunas lágrimas.
--¡No llores, Rosa, no llores!--profirió con acento conmovido; y rozando con los labios su oído, le preguntó:--¿Es verdad que me quieres?
--¿Pues si no le quisiera—repuso ella, apartándole dulcemente—estaría aquí a estas horas?
Al escuchar su voz, volvió a sentir el joven cortesano el mismo estremecimiento amoroso que le había acometido algunos minutos antes en el castañar. Una emoción deliciosa, una esperanza tentadora de placer sacudió su cuerpo de los pies a la cabeza, arrollando y confundiendo como ola poderosa todos los restantes sentimientos. No quedó más que un deseo. Y sin acertar a reprimirse, estrechó a la joven entre sus brazos brutalmente, aplicó los labios ardorosos a su mejilla y con voz trémula le dijo:
--Dame una prueba de que me quieres... dame una prueba.
Rosa hizo esfuerzos desesperados para desasirse. Al cabo lo consiguió arrojándole, con un empellón, de espaldas sobre la yerba, inerte, sin aliento. Después le miró fijamente, con expresión tan triste y dolorida que el joven se sintió conmovido. Alzose en cuanto pudo, y de nuevo se sentó a su lado con semblante risueño, aunque un poco avergonzado.
Dejó los medios de fuerza, que con una aldeana son inútiles; pero inquieto, febril, espoleado por un deseo omnipotente, comenzó a ensayar con ella todos los recursos de su experiencia amorosa, los mil artificios delicados que había aprendido en el comercio de las damas cortesanas. La tributó, uno tras otro, los homenajes y acatamientos que saben rendir los amantes finos, las caricias apasionadas, el testimonio de un amor respetuoso en la apariencia, en realidad libre y desvergonzado.
La pobre Rosa, que había rechazado con denuedo las acometidas bruscas y groseras, no tuvo fuerzas para resistir este género de ataque tan diferente, tan nuevo para ella. Su naturaleza rústica y perezosa fue despertando, y al cabo se rindió. Se rindió, aturdida por aquella huida de la casa paterna, conmovida por las súplicas y los halagos tiernos del joven cortesano, embriagada por el aroma fresco del heno y el vaho espeso y caliente que subía del establo por los agujeros abiertos sobre el pesebre. Los copos de yerba crujientes y delicados, que rodeaban el nido abierto por sus cuerpos, fueron los cortinajes de su lecho nupcial. La luna, inmóvil en el espacio, que se veía por la ventana, su lámpara veladora.