Transcurrieron algunos días. El enojo de D. Jaime por el desaire recibido fue creciendo. En su interior no daba toda la culpa a Rosa; hacia partícipe a su hermano por haber tolerado el galanteo de Andrés una porción de meses con señales de no disgustarle. Después, pensaba que Tomás no había hecho lo bastante por complacerle, no había obrado con suficiente energía para rendir a Rosa a recibirle por esposo. Porque si bien era verdad que la castigaba, y a veces cruelmente, estos castigos quedaban desvirtuados por el efecto de consentirla pasar tardes enteras con su amante en el molino; y aunque últimamente habían cesado estas visitas, todavía no usaba con ella de la debida vigilancia, porque en todas partes y a todas horas se veían y se hablaban, de lo cual era testigo el pueblo. Él mismo los sorprendió más de una vez en las encrucijadas de los caminos o a la orilla del río, y se había vuelto por no tropezar con ellos.
De todo esto formaba el indiano un capítulo de agravios contra su hermano. Empezó a mirarle de mal ojo, y a bullir en su cabeza la idea de que aquél, so capa de protegerle, tenía la mira puesta en el señorito de Madrid, trabajaba astutamente por encenderle con la contrariedad y hacerle caer en una trampa de donde saliese comprometido y obligado por las leyes divinas y humanas a casarse con su hija.
Con esto dejó de ir al Molino, se mostró seco con Tomás cuando le hablaba; por último, un día le negó el saludo. Al mismo tiempo no se ocultó para decir en confianza por el pueblo lo que en el Molino ocurría: las entrevistas de Andrés con su sobrina, de las cuales sacaba partido para calificar a aquel de disoluto y a su hermano de necio; la presunción de la chica desde que un señorito la requebraba; la fingida oposición del padre, etc., todo adobado con la baba del odio y el despecho.
No pararon aquí las cosas. Resolvió vengarse de las supuestas ingratitudes y ofensas de su hermano. El mejor medio era reclamarle al punto los catorce mil reales que le debía y sacarle a subasta pública los bienes, en el caso seguro de que no pudiese devolverlos. Esta idea le produjo vivo deleite. Mas, después de meditar un poco sobre ella, comprendió que había de causar malísimo efecto en el pueblo, porque al cabo era su familia. Arrojarse él en persona a perseguirla judicialmente y arruinarla iba a parecer un acto de crueldad inusitado, y le haría desmerecer en el concepto de los vecinos.
Entonces imaginó una gran bellaquería. Fue cierta tarde a ver a D. Félix el escribano, y pretextando que necesitaba fondos con urgencia para remitir a América, le propuso el traspaso de la deuda, mediante un razonable descuento. Aceptó D. Félix el negocio, porque era bueno: Tomás poseía bastante ganado, y además una finquita adquirida tiempo atrás de la subasta de los mansos de la parroquia, que bien valía ella sola los catorce mil reales.
No se pasaron veinticuatro horas sin que el escribano le requiriese verbalmente al pago. Tomás quedó sorprendido y aterrado. Nunca había pensado que su hermano pudiera hacerle tal ruindad. Desde luego contestó que no disponía de ese dinero, y pidió prórroga. D. Félix, con reparos y palabras ambiguas, llegó a prometérsela, o tal creyó el desgraciado al menos. Mas, a los dos días, se vio citado de conciliación ante el juez municipal. Se le presentó el recibo, reconoció la firma y volvió a declarar que por el momento no le era posible pagar aquella deuda; que pagaría los réditos vencidos y firmaría nueva obligación, comprometiéndose a saldarla en el término de seis meses. Don Félix no admitió este arreglo, quedó disuelto el acto, y a instancia suya fue expedido por el juzgado de primera instancia de Lada despacho de ejecución contra el molinero, por valor de los catorce mil reales.
Y una mañana, cuando la familia se disponía a comer, entró por la puerta el escribano (D. Félix, no, que era parte; otro) acompañado de dos alguaciles, para ejecutar el embargo. Detrás de ellos, algunos curiosos que les habían visto cruzar por el pueblo, los cuales se mantuvieron un trecho separados de la casa esperando ver en lo que paraba aquello.
Tomás los recibió extrañamente inmutado, como si le viniesen a notificar su sentencia de muerte.
--¡No hay que apurarse, hombre, no hay que apurarse!--le dijo el escribano con semblante risueño.--Las cosas hay que tomarlas como vienen; cachaza y mucho pecho.
Después le preguntaron dónde tenía el ganado. Parte estaba en los prados y parte en el establo. Era necesario juntarlo todo. El infeliz se vio obligado a acompañarles hasta el prado, para traer al establo lo que le faltaba. Iba más muerto que vivo, pálido, silencioso; se le había concluido la vena jocosa de que tanto abusaba. A la vuelta no pudo resistir; se metió en la huerta de casa y se arrojó de bruces debajo de un árbol, mesándose los cabellos sin articular palabra.
Sacaron el ganado del establo y lo juntaron todo delante de casa. Ángela y Rosa, en el corredor, sollozaban fuertemente. Rafael daba vueltas en torno de los alguaciles, agitado y tembloroso, con la faz demudada y reventando por llorar. Cuando aquéllos sacaron las cuerdas que traían enrolladas y se dispusieron a amarrar las vacas, estalló en gemidos lastimeros.
--¡Agapito... Agapito... por Dios, no me las lleve!... ¡Agapito!... ¡señor escribano!... por Dios no me las lleve... por su madre... no me las lleve... ¡por Dios no me las lleve! Y deshecho en llanto, corría de uno a otro lado con las manos plegadas pidiéndoles misericordia.
Los alguaciles ataban en silencio, con la cabeza baja, sin atreverse a mirarle. El escribano, con la misma cara de risa, le dijo:
--Eh, tonto, no grites: ya te las volveremos.
Cuando terminaron y se prepararon a marchar, los alaridos del chico fueron terribles. Los curiosos allí congregados trataban de consolarle en vano. Según pasaban por delante de sus ojos las vacas, llamábalas a gritos por sus nombres.
--¡Parda!... ¡Garbosa!... ¡Salia!... ¡No me llevéis la Salia!... Agapito, por tu madre... ¡no me lleves la Salia!
Pero cuando vio marchar una hermosa novilla, que era su favorita, no pudo contenerse. Corrió a ella y se agarró con todas sus fuerzas a los cuernos.
Los alguaciles quisieron en vano separarle; cuanto más tiraban de él, con más rabioso esfuerzo asía de los cuernos y del cuello del animal, que a su vez se arremolinaba y sacudía la cabeza para zafarse de unos y otros. Algunos de los que presenciaban la escena reían; otros la contemplaban con lástima.
Al fin consiguieron arrancarle la presa. El chico volvió a gritar:
--¡Cereza! ¡Cereza!... Por Dios, me dejéis la Cereza... Señor escribano, déjeme la Cereza...
Pero viendo que se alejaban sin hacer caso, dejó de suplicar. Se puso a recoger piedras del suelo y a arrojárselas lleno de ira.
--¡Ladrones! ¡ladrones!... ladrones de vacas... ¡Déjame la Cereza, ladrón!... ¡Deja esa vaca, ladrón!
Y tanto menudeaba las pedradas y con tal furia, que un alguacil se vio obligado a volverse para castigarle. El muchacho se puso en salvo corriendo. A los dos minutos ya estaba allí otra vez apedreándoles y gritando:
--¡Deja esa vaca, ladrón!... ¡deja esa vaca, ladrón!
Y de esta suerte, huyendo cuando venían a cogerle y tornando en seguida a tirarles piedras, les fue dando por más de media legua una muy pesada escolta.
Los curiosos se habían diseminado. Reinaba completo silencio en el Molino. Ángela y Rosa permanecían en el corredor, cada cual en un rincón, con la cabeza entre las manos.
De pronto oyeron en la escalera los pasos de su padre, torpes y vacilantes, como los de un beodo. Rosa se estremeció. Quiso ocultarse en su cuarto; pero antes de que pudiese hacerlo, ya el bárbaro molinero había caído sobre ella, mudo y rabioso como un tigre. La arrojó al suelo y empezó a darle tremendos golpes con una gruesa vara de fresno. A los pocos segundos la desdichada sangraba por todas partes, pero no exhalaba una queja. En cambio, Ángela gemía pidiendo compasión, sin atreverse a intervenir para defenderla.
La vara se quebró al medio. Con los cachos aún estuvo aporreándola buen espacio. Cuando se cansó, asiola por los cabellos y la arrastró hasta el cuarto, donde la dejó exánime y ensangrentada. Después, volviéndose hacia Ángela, le dijo con voz temblorosa aún por la cólera:
--Ve a abajo y trae un pedazo de borona y un jarro de agua.
Ángela se apresuró a cumplir la orden. El padre fue otra vez al cuarto y colocó uno y otro en el suelo, exclamando:
--¡Ahí tienes lo que has de comer y beber mientras seas tan perra!... ¡Yo te bajaré los humos!...
Después cerró la puerta y se guardó la llave, y, encarándose con Ángela, le dijo con acento amenazador:
--¡Si tratas de darle una migaja más por la rendija, cuenta conmigo!
Bajó de nuevo la escalera. Ángela se fue a un rincón a llorar. El Molino volvió a quedar en silencio.