El mayor monstruo, los celos.
CALDERÓN
--¿Qué enredo te traes tú con una muchachuela de los arrabales?, le preguntó doña Rosa a su marido todavía en la cama.--Di, contesta, añadió codeándole por las espaldas, porque le pareció que se hacia el sueco o el dormido.
--Yo no me traigo ni me llevo enredo con nadie, Rosa, contestó don Cándido entre sueños.
--Tu sí, tú sí. Me lo han dicho, lo sé de buena tinta.
--¿Quién te ha contado ese cuento?
--No es cuento, es verdad. Tú has sacado de su casa a una muchacha hace pocos días... El autor no es del caso.
--Lo es, Rosa. Hay quien influya en ti poderosamente.
--Luego aclararemos ese punto. Nadie me quita que tú has vuelto a las andadas...
--¿Ves lo que yo decía? Ya te han preparado contra mí. Tu hijo...
--Pues échale ahora el muerto a mi hijo.
--Tu hijo, digo, continuó don Cándido sin turbarse, estaba a punto de cometer la mayor de las calaveradas que ha cometido hasta el presente. Me interpuse, porque al fin soy su padre, y evité la comisión... Tú no quieres que le toquen a él, ¿qué otro recurso me quedaba sino tocarle a ella? Hete, en resumen, el monto de mis andadas.
--¡No me quedaba que oír! ¿Conque para evitar que el hijo cometiera una calaverada, va el padre y da un escándalo?
--En este caso no ha habido escándalo ninguno.
--¡Cómo! ¿Se ha hecho la cosa a ocultas? Tanto peor. Véase qué interés tienes tú en ello.
--No otro, a fe mía, que el de impedir la comisión de una verdadera infamia por una persona que nos toca tan de cerca como es nuestro hijo.
--¿Qué infamia? Tú usas unas palabrotas...
--Tiempo ha que Leonardo viene persiguiendo a una chica de color...
--¿Y tú cómo lo sabes?
--Lo sé por la misma razón que tú lo ignoras.
--Nada me dices con eso. Es natural que Leonardito, joven y bien parecido, persiga a las chicas, como dices tú. Lo que no parece natural es que tú, ya viejo y feo, estés tan enterado de las persecuciones mujeriles del muchacho. ¿Te da envidia? ¿Quisieras que se metiera a fraile? ¿Por qué le celas?
--Porque soy responsable de su conducta ante Dios y el mundo.
--¡Qué virtuoso! ¿No hacías tú lo mismo y aun peor cuando eras de su edad?
--Quizás hice lo mismo que él cuando mozo, peor no; al menos no me remuerde la conciencia de haber corrompido a ninguna joven honesta o de su casa.
--Haces bien: santificate. Pero me parece excusado el trabajo que te tomas... Siempre creeré que, respecto a mujeres, Leonardito a tu lado es niño de teta.
--Dejémonos de recriminaciones, Rosa, y vamos al grano, a lo que nos toca más de cerca, como padres del mozo... La cosa es muy seria, es grave... Supe... Importa un bledo el cómo, el dónde, el cuándo. Supe que hacía grandes compras de muebles y de cachivaches caseros. Ha debido gastar un dineral. ¿De dónde lo ha habido? ¿Ha contraído deudas? ¿Le ha ganado al juego? O... ¿es que tú, tan bonaza como siempre, le has facilitado los medios?
Don Cándido había dado en el hito. ¿Negaría doña Rosa el préstamo, por haberlo hecho a ocultas del marido? Equivaldría a desacreditar al hijo a los ojos del padre, siempre dispuesto a mirar sus faltas por el lado más negro. Por eso, aunque convencida y mortificada por el engaño que con ella se había practicado, prefirió declarar la verdad y cargar con la culpa de la disipación del hijo predilecto.
--¿Ves ahora, Rosa, dijo don Cándido sin acrimonia, las malas resultas del cariño ciego de ciertas madres para con sus hijos? ¿No reconoces que en algunos casos más vale pecar con ellos por duro que por blando? Leonardo te pide dinero y tú se lo prestas, porque no puedes decirle que no, y porque te figuras que si se lo niegas se muere del pesar... Y él coge el dinero, compra muebles, alquila casa... ¿Para qué diablos? Claro, clarito, para llevar a ella la querida. No se necesita gran penetración... De suerte que, si no me anticipo, ¡adiós, estudios! ¡Adiós, bachillerato! ¡Adiós, casamiento en noviembre!, como tú y yo habíamos acordado, de acuerdo con él.
--Bueno está todo cuanto dices, mas estoy esperando que digas dónde tienes oculta a la muchacha.
--En las Recogidas. Paréceme, agregó a la carrera viendo que la esposa callaba y se agitaba en el lecho; paréceme que éste ha sido el partido mejor y menos riesgoso que pudiera haberse escogido para salvar al mozo del precipicio y a la moza de su ruina...
--Sí, dijo doña Rosa; ¿te figuras que porque has metido a la muchacha en las Recogidas, ya todo quedó arreglado y concluido? Sábete que no has conseguido nada. El niño ha tomado la cosa muy a pecho. Está ciego de amor.
--¡Quiá! exclamó don Cándido en tono despreciativo. ¡Amor, amor! Ni gota. Lo que siente ese mozo es hervor de la sangre, calentura de cabeza. Nada tiene que ver en ello el corazón. Se le pasará. Pierde cuidado.
--¿Se le pasará, eh? Tal vez. Pero el niño no come, no duerme, sufre, padece, se aflige, llora. Temo que le cueste una enfermedad el sentimiento. Ya, como tú no lo ves, no lo oyes, no lo entiendes, hablas del modo que hablas.
--Pon tú algo de tu parte. A ti, que tienes más influencia en él que yo, a ti te corresponde consolarle y hacerle entrar por vereda. ¿Va que no le has dicho que por el próximo correo de España espero el título de Conde de Casa Gamboa, con que se ha servido agraciarme nuestro augusto soberano? ¿A que no? Puede que la noticia le alegrase.
--¡Alegrarle! ¡Qué poco conoces a tu hijo! Le di la noticia. ¿Y sabes lo que me contestó? Que la nobleza comprada con la sangre de los negros que tú y los demás españoles robaban en África para condenarlos a eterna esclavitud, no era nobleza, sino infamia, y que miraba el título como el mayor baldón...
--¡Ah! ¡El bribón, el insurgente, el desorejado! estalló don Cándido en un paroxismo de indignación. ¡Vaya si le hierve la sangre criolla en las venas! Todavía sería capaz el muy trompeta de principiar por su padre la degollina como se armara en esta Isla el desbarajuste de la Tierra Firme. Y quieren libertad ¡porque les pesa el yugo! ¡porque no pueden soportar la tiranía! Que trabajen los muy holgazanes y no tendrán tiempo ni ocasión de quejarse del mejor de los gobiernos. Yo les daría palo entre oreja y oreja como a los mulos...
--Basta de sandeces y de vituperios, le atajó doña Rosa incomodada. Tiras de los criollos como si mis hijos y yo fuéramos de tu tierra. Odias a los habaneros, ¿por qué te duele que te paguen en la misma moneda? Leonardito en parte tiene razón. Le privas de todos sus gustos y placeres... No sé cómo no se desespera. Cuenta con que él hará cuanto esté en su mano para sacar a la muchacha del encierro...
--Como tú no le des el dinero, dijo don Cándido sobresaltado, para sobornos, dudo mucho que se salga con el intento. No le des dinero, no se lo des a tontas y a locas. Mas ya que tu cariño consiste en atragantarle a regalos, hagámosle uno de tal calidad que le llene de orgullo y le haga avergonzarse de la sima de bajeza a que se proponía descender.
--¿Cuál es el regalo que esperas obre el milagro...?
--La casa de Soler que Abreu se sacó en rifa está de venta. Comprémosla, alhajémosla para Leonardo cuando se case con Isabel. La venden en 60,000 duros.
--Casi el valor de un ingenio.
--La casa vale ese dinero. Es un palacio; como no hay otro en La Habana. No debes pararte en pelillos: se trata de la salvación de tu hijo más querido. De mi cuenta corren la compra y la habilitación de la jaula, de la tuya corre la domesticación del pájaro que ha de ocuparla.
Arreglado el plan y distribuidos los papeles, don Cándido desempeñó el suyo sin tardanza ni dificultad. Doña Rosa, al contrario, en consecuencia de su carácter peculiar, desde los primeros pasos puso obstáculo invencible a la realización del proyecto.
Entraban por mucho en la composición de carácter de doña Rosa la altivez y la suspicacia para que dejase de ser a menudo injusta e imprudente en sus relaciones domésticas... Nadie mejor que Leonardo conocía ese flaco de su madre. No bien le declaró ella las condiciones del proyecto de domesticación, fundadas todas en su renuncia a la posesión de Cecilia, resolvió predisponerla contra el marido atizando los celos de la esposa a lo sumo. Bastóle para ello el que la refiriese, sin nombrarla, cuanto había oído de boca de Cecilia, referente a los tratos clandestinos y sospechosos de don Cándido con la joven y la anciana del barrio del Ángel desde mucho tiempo atrás; a los dineros que en ellas venía gastando con la largueza o la prodigalidad del viejo enamorado; al extraño interés que siempre había tomado en el sostenimiento y bienestar de las dos mujeres; a la vigilancia con que había celado a la muchacha y cuidado de la salud de la anciana; en una palabra, a los eficaces y constantes servicios que en estos negocios de dudosa moralidad le había prestado Montes de Oca.
Todas y cada una de estas noticias, junto con otras ya mencionadas, habían llegado a oídos de doña Rosa en diferentes épocas y por diversos conductos. La relación tardía y amañada del hijo sólo sirvió de complemento y confirmación de lo mismo que ella se sabía de memoria o que meramente sospechaba.
Ocioso parece añadir que en este caso, como en todos los de su índole, surtió la cizaña su maligno efecto. Pues que irritada la madre contra el padre por la supuesta persistente violación de la fe conyugal, en venganza o represalia tramó en secreto con el hijo la mina que debía hacer saltar los parapetos levantados por don Cándido en defensa del honor de Cecilia Valdés. A su ejecución comprometió doña Rosa su dinero y su influjo.
Para ayudarla en la ardua empresa, tres condiciones únicamente exigió ella: una, que el hijo continuara los estudios hasta graduarse de Bachiller en leyes; otra, que se casara con Isabel Ilincheta a fin de año; y la tercera, que aceptara, sin murmurar, el regalo del palacio que, con ese preciso objeto, le hacía su padre. Todo lo prometió de plano Leonardo.
El primer paso dado fue el de solicitar los servicios de María de Regla, aquella enfermera del ingenio de La Tinaja, cuya astucia y talento la madre y el hijo reconocían de consuno, a pesar de la ojeriza con que la miraban. Prestose ella de la mejor gana, tanto porque estaba en su índole el papel de conspiradora, cuanto que se prometía pagar con bienes los muchos males recibidos de manos de los dos. De luego a luego comenzaron los trabajos de zapa.
Produjo una verdadera revolución la entrada de Cecilia en la casa de las Recogidas. Su juventud, su belleza, sus lamentos, sus lágrimas, los motivos mismos de su prisión, supuestos hechizos empleados para seducir a un joven blanco de familia millonaria de La Habana, todo concurrió para inspirar curiosidad, simpatía o admiración en las mujeres de varios colores y condiciones que cumplían términos más o menos largos de condena.
Por vulgares que ellas fuesen, por apagado que estuviese en su pecho el sentimiento de la dignidad personal, imposible les fuera sustraerse al influjo de unas circunstancias cuya magia ejercerá su imperio en este mundo sublunar mientras refleje la luz del sol. Al parecer, de poco podían valerle a Cecilia sus simpatías y arranques de admiración; con todo eso, fuerza bastante tuvieron para crear en torno suyo aquella atmósfera de respeto y de consideración que tanto contribuyó al alivio de sus penas mientras estuvo en las Recogidas, y que al cabo le abrió las puertas.
El guardador de estas ovejas descarriladas era un solterón verde, suerte de monigote con quien los años ni las penitencias habían domado las humanas pasiones. Hasta la fecha presente, sólo habían ingresado en el establecimiento a su cargo mujeres de baja extracción, viejas, feas y gastadas por los vicios. En condiciones bien diferentes vino Cecilia a aumentar su número. Tal vez había pecado; pero de seguro que no por vicio ni mala inclinación. Esto abonaban sus pocos años, su porte decente y modesto, su donoso aspecto y el nácar de sus tersas mejillas. El dolor, la vergüenza de verse encerrada y confundida entre unas mujeres conocidamente de mala conducta, era sin duda lo que la hacía prorrumpir en lágrimas y quejas continuas. Tantos y tales extremos de genuino pesar eran incompatibles con el delito.
Así razonó el portero de la Casa de las Recogidas, y sin más reparo se declaró el campeón y el amigo de Cecilia. Su placer era ir a deshoras hasta la ventana del cuarto que la habían asignado, para sorprenderla, a ocultas, en sus demostraciones de sentimiento, enamorarse más de ella y encenderse en ira contra sus perseguidores. A veces la encontraba en la silla con la cabeza y los brazos descansando en la mesa, mientras dejaba a la abundosa mata de sus cabellos sueltos el cuidado de cubrir aquellas partes de su espalda que no acertaba a vedar de miradas profanas el traje flojo. Otras veces levantaba ella de repente los ojos y las manos juntas al cielo y exclamaba en la mayor angustia:
--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué culpas he merecido yo este tremendo castigo?
En todos estos casos se retiraba el guardián a su portería hecho un basilisco.
En uno de esos momentos de indignación filantrópica, se le apareció como llovida María de Regla, con achaque de venderle frutas del tiempo y conservas, negocio en que se ocupaba entonces. El hombre no quería comprar ni enredarse en una conversación que podía distraerle de sus agridulces pensamientos. Pero no por eso desistió de su propósito la vendedora. Esperaba, al contrario, repulsa más terminante. Díjole en el tono meloso que solía:
--¿Le duele al señor la cabeza o las muelas? (No le dio el tratamiento de su merced).
--Nada me duele, gruñó él.
--Me alegro, porque ésos son los dolores de los dolores. Vea el señor si las recogidas quieren frutas o dulces en almíbar.
--No estamos para frutas ni dulces ahora. Tampoco hay plata en casa.
--Yo fío.
--Anda con Dios y déjame en paz.
--Otras veces me han comprado aquí frutas y dulces.
--No en mi tiempo. Sería cuando estaba el papanatas que suele reemplazarme.
--Quizás.
--Yo no permito tráfico con las presas. El reglamento prohíbe todo tejemaneje por la portería.
--Pues me han dicho que el señor era más bueno que el pan con las pobres recogidas.
--Te han engañado. Yo soy malo, malísimo.
--El señor no es malo. ¡Qué va! Le conozco en la cara que no lo es.
--Basta. No quiero palique.
--Está bien. El que manda, manda. Me iré; pero antes ¿no tendría la bondad de oírme el recado que acaba de darme un caballerito para el señor?
--¿Qué recado? Despacha, replicó con rudeza el hombre después de mirar fijamente a la vendedora.
--¿Tiene aquí el señor presa a una niña blanca?
--No tengo preso a nadie. No soy carcelero; soy un mero guardián de las recogidas, por delegación del ilustrísimo señor Obispo Espada y Landa.
--Perdóneme el señor. Quise decir que si no había aquí recogida una niña blanca.
--Blanca al parecer. Sí. ¿Y qué?
--Pues el caballerito que le digo se interesa mucho por esa niña.
--¿Qué me importa a mí su interés? No vamos a comer con eso.
--Nunca debe decirse «de esta agua no beberé». Porque el caballerito que digo es riquísimo y está muy enamorado de la niña. Y el señor sabe de lo que es capaz un caballerito rico cuando está loco de amor y le impiden ver y hablar a su adorado tormento.
--Estamos, dijo el portero algo más aplacable. ¿Qué pretende el tal caballerito?
--Poca cosa. Quiere que el señor dé a la niña de su parte estas naranjas (escogiendo seis entre las más hermosas del tablero), y que le diga que él está metiendo empeño y gastando mucho dinero para sacarla cuanto antes de esta prisión.
--¡Hombre!, dijo el guardián titubeando; yo no he hecho jamás el papel de corre-ve-y dile.
--Vamos, señor, que no le pesará. Sépalo: el caballerito es muy rico, muy agradecido y está muy enamorado.
El portero asustado, tembloroso, indeciso, se estuvo largo rato parado, mirando, ya a la negra, ya a las naranjas. Al cabo preguntó con voz ronca por el temor o la vergüenza:
--¿Cómo se llama el caballerito?
--La niña sabe, replicó María de Regla, marchándose bruscamente.
Quedose el portero pensativo, como clavado a la reja de la portería. A poco le pasó el cerrojo a la puerta, le echó llave, y con tres naranjas en cada mano entrose en el amplio patio de la Casa de las Recogidas.
Hubo de todo lo que puede llenar de ilusiones a un hombre enamorado, y de esperanza a una mujer afligida, en la breve entrevista que tuvo el portero con Cecilia. Hubo aquello de:--Vd. es mi salvador. ¿Qué ángel le trajo a esta pobre mujer perseguida? Soy inocente. Mi único delito es amar mucho a un joven que se muere por mí. Aquí me ha puesto el padre del caballerito de quien Vd. me habla. Toda su rabia contra mí es porque no lo quiero a él y quiero a su hijo. Tenga Vd. piedad de una mujer injustamente perseguida.
Salió de allí el portero otro hombre.--¿A quién se le ocurre traer aquí una muchacha como ésta?--se preguntaba a sí mismo. Al demonio, solamente al espíritu maligno para tentar y sacar de sus casillas a la gente pacífica. Aquí quisiera ver a los varones fuertes, a los mismos santos. ¿Resistirían? Se ablandarían, se derretirían, se entregarían de patas en las garras de Satanás. ¿Habrá quien tenga valor para verla llorar, para oírla quejarse y suplicar y no tomar su parte? Hará de mí lo que se le antoje. Es claro. Y quedaré mal con el señor Obispo, mi protector, caeré de su gracia, perderé el puesto que ocupo en esta casa. Mas, ¿qué remedio? Ella es muy linda, llora, y yo no soy de palo. ¡Maldita frutera!
Dos o tres días después volvió ésta, y el portero de las Recogidas no la recibió mal. Traía nueva pretensión: la de hablar a solas con la presa en la prisión. Estaban prohibidas las visitas dentro de la casa; sólo podía hablarse con las recogidas en presencia del guardián, a la reja de la portería. Pero María de Regla arguyó el punto con habilidad diciendo, entre otras cosas, que no era de esperarse, el portero ayudara a matar de tristeza a una niña inocente, y se hiciera cómplice de la mayor de las injusticias que se habían cometido hasta entonces en La Habana. Que el caballerito, amante de la niña, ya tenía muy adelantadas las diligencias para sacarla del encierro, y, por supuesto, excluiría de su gratitud a todos los que habían oprimido a su adorado tormento. Enseguida añadió, cual si de pronto recordara:
--El caballerito me dio para el señor esta media docena de onzas de oro, por si la niña necesitaba algo de comer, o de vestir, o cualquier antojo...
Este último argumento acabó por dar al traste con el resto de virtud o empacho del portero. Concedió la entrada. En pocas palabras describiremos ahora la escena que se siguió a la entrevista de la mensajera con la presa.
María de Regla encontró a Cecilia en la misma posición en que dijimos la había sorprendido el guardián días antes; sólo que esta vez no la cubría el cabello aquella parte de la espalda que daba a la entrada de la celda. Algo echó de ver ahí la antigua enfermera, que le llamó grandemente la atención.
--¡Jesús! dijo. ¿Qué veo? ¿Será posible que esta niña sea la misma que yo sospechaba? ¡Qué cosas pasan en este mundo!
A aquella voz y aquellas incoherentes exclamaciones, levantó Cecilia la cabeza y preguntó en tono desmayado y doliente:
--¿Qué quiere usted?
--Quiero que me diga su merced su nombre de pila.
--Cecilia Valdés.
--¡Jesús! volvió a exclamar la negra. ¡La propia que yo me imaginaba! Parece un sueño. ¿Sabe su merced quién le pintó esa media luna?
--¿Qué media luna?
--La que su merced lleva en este hombro (tocando con el índice el izquierdo de la muchacha).
--Esta no es pintura, es un lunar, mejor dicho, una marca que me ha quedado ahí de resultas de un golpe recibido en mi niñez.
--No, si su merced es de verdad verdad la Cecilia Valdés que yo conozco, ése no es lunar, ni marca de golpe: es la media luna que la abuela de su merced le pintó con aguja y añil antes de echarla en la Real Casa Cuna.
--¡Oh! Mamita nunca me habló de semejante cosa.
--Yo lo sé porque ésa fue la señal que me dieron para reconocerla entre las demás niñas de la Real Cuna.
--¿Quién es Vd. que sabe tanto de mí?
--¿Es posible que su merced no me conozca todavía? Debía acordarse de mí.
--No, por cierto.
--Pues yo le di de mamar a su merced, primeramente en la Real Casa Cuna, y después, por cerca de un año, en casa de la abuela de su merced, cuando ella vivía en el callejón de San Juan de Dios. Su merced ya hacía peninos y hablaba champurriado, no le digo más, en los días en que me la quitaron de los brazos. ¡Ay! No sabe su merced las lágrimas y pesares que me ha costado su crianza; no sólo a mí, también a mi marido. Sí, su merced ha sido la causa primera y principal de nuestras desgracias.
--¿Qué les ha pasado a Vds.?
--A mí me desterraron de La Habana habrá doce años, y mi marido está preso en la cárcel. Le achacan la muerte del Capitán Tondá.
--¡Conque eso es así como Vd. dice! ¡Conque yo soy la mujer más infeliz que pisa la tierra! ¡Ay de mí, que sin haberle hecho mal a nadie todos me caen encima!
--No llore, ni se lamente, niña. Aunque causante de nuestras desgracias, su merced es inocente, no tiene culpa ninguna.
--¿Cómo no he de llorar y lamentarme, si tras de verme perseguida injustamente, hecha la piedra de escándalo de las mujeres de esta casa, que me atosigan con sus preguntas y majaderías, por remate de cuenta viene Vd., que dice me crió, y me echa en cara las desgracias de Vd. y de su marido? ¿Cabe mayor infelicidad que la mía?
--Cuando yo le relate mi historia, tejida con la de su merced, se convencerá de que tengo mucha razón.
--Pero ¿quién es Vd.?
--Mi nombre es María de Regla, humilde criada de su merced y esclava del niño Leonardo Gamboa.
--¡Ah! exclamó Cecilia poniéndose en pie y abrazando a su interlocutora.
--¡Oiga! dijo ésta con sentimiento. La niña me reconoce y abraza como esclava del niño Leonardo, no como la madre de leche que soy de su merced.
--No, la abrazo por ambos motivos, sobre todo porque su venida es nuncio de salvación para mí.
La negra se cruzó de brazos y se puso a contemplar a Cecilia faz a faz. De tiempo en tiempo murmuraba en tono bajo: ¡Vea Vd.! ¡La misma frente! ¡La misma nariz! ¡La misma boca! ¡Los mismos ojos! ¡Hasta el hoyito en la barba! ¡Sí, su pelo, su cuerpo, su aire, su propio ángel! ¡Qué! ¡Su vivo retrato!
--¿De quién? preguntó Cecilia.
--De mi niña Adela.
--¿Y quién es esa niña?
--Mi otra hija de leche, hermana de padre y madre del niño Leonardo.
--¿Conque tanto me parezco a ella? Ya me lo habían dicho algunos amigos que la conocen de vista.
--Y dígalo que se parece. Jimaguas no se parecerían más. ¿Si será por esto porque el niño Leonardo está tan enamorado de su merced? Pero él peca y su merced peca con quererse como se quieren. Si se quisieran como amigos o hermanos, pase; como hombre y mujer es un pecado. Los dos están en pecado mortal.
--¿Por qué me dice Vd. eso? preguntó Cecilia sorprendida. En quererse mucho un hombre y una mujer, no sé yo que haya pecado.
--Sí, lo hay, niña; a veces hay hasta pecado prieto. Por una parte, él es blanco; mas, dentro de poco será de sangre azul, porque su padre ya es Conde de Casa Gamboa. Y tiene un palacio para vivir con la que haya de ser su esposa legítima. Y su merced... Perdone, niña, que sea tan clariosa. Su merced es pobre, no tiene ni gota de sangre azul y es hija... de la Casa Cuna. No es posible que lo dejen casarse con su merced.
--Todo sea que se le ponga en la cabeza. A bien que él es hombre y hace lo que quiere. Y aunque no, estoy segura que cumplirá la palabra que me ha dado.
--No podrá cumplirla, niña. Desengáñese, no podrá cumplirla aunque quiera.
--¿Por qué no?
--Porque no. A su tiempo lo sabrá su merced. Ese casamiento es un sueño, no se verificará...
--Luego Vd. se opone. No comprendo la razón.
--Yo no me opongo, niña mía. No soy yo quien se opone, es otro, es la naturaleza, son las leyes divinas y humanas. Sería un sacrilegio... Pero, ¿qué es lo que digo? Cuando menos ya es tarde. Dígame, niña, ¿qué tiene en los ojos?
--Nada tengo en los ojos, repuso Cecilia restregándoselos inocentemente.
--Sí, veo algo en ellos que es mala señal. Me parece que tiene amarillo el globo del ojo. No cabe duda. Esas ojeras, esa palidez, ese rostro desencajado... ¡Pobrecita! Su merced está enferma.
--¡Yo enferma! No, no, dijo ella muy apurada.
--Su merced ya es mujer del niño Leonardo.
--No entiendo lo que Vd. dice.
--¿Ha sentido su merced náuseas? ¿Así como ganas de provocar?
--Sí, varias veces. Más a menudo desde que estoy en esta casa. Lo atribuyo a los sustos y pesares de mi injusta prisión.
--Tate. Cierto son los toros. ¿No lo dije? La causa de la enfermedad de su merced es otra. Yo la sé, la adivino. ¿No sabe la niña que he sido enfermera por muchos años? ¿Qué soy casada? Ya no hay remedio. Ninguno... ¡Pobre niña! ¡Inocente! ¡Desgraciada! A su merced le ha hecho mucho daño esa carita tan linda que Dios le ha dado. Si su merced hubiera nacido fea, tal vez no le pasara lo que le pasa ahora. Estaría libre y sería feliz. Mas... lo que remedio no tiene, olvidarlo es lo mejor. En fin, diré al niño Leonardo el estado de su merced y segurito que se apresurará a sacar a la niña de esta maldita casa.
Afectaron fuertemente a Leonardo Gamboa las últimas nuevas que de Cecilia le trajo la esclava. Sin pérdida de tiempo, como lo había previsto ésta, se abocó con su condiscípulo y amigo el Alcalde Mayor, que había decretado la orden arbitraria de prisión, ante el cual hizo valer aquellos títulos, junto con esta circunstancia. Le reveló igualmente en secreto el estado delicado de la muchacha. Derramó por todas partes el oro a manos llenas y tuvo la inefable satisfacción de ver coronados sus esfuerzos con el éxito más completo hacia los postrimeros días del mes de abril.
Fue al cabo suya Cecilia, a pesar de la tenaz oposición de su padre. De la prisión la condujo a la casa que habían alquilado en la calle de las Damas, dándole por cocinera, sirviente de confianza y dueña a la María de Regla de siempre. No parecía que hubiese hombre más feliz sobre la haz de la tierra.
Aún cuando todo esto se ejecutó con entera reserva de don Cándido, nada ocultó Leonardo de doña Rosa. Desde el principio al fin la mantuvo informada de los pasos que daba, a medida que se daban. Y, sentimos decirlo, no sabemos en quién produjo más regocijo el desenlace del drama, si en su hijo o en la madre. Así se alzaba una barrera insuperable, creía ella sinceramente, entre la muchacha y las imprudentes pretensiones de su marido.
En medio de estas escenas, desplegó Leonardo tino y fuerza de voluntad sin ejemplo, poniendo el mayor esmero en llenar las condiciones del contrato secreto celebrado con su madre. Asistió a las clases de derecho regularmente, y cuando llegó la hora de graduarse, visitó uno por uno a los doctores que debían examinarle, principalmente a don Diego de la Torre, que gozaba de fama de muy rígido con los graduados; le pasó la mano a Fray Ambrosio Herrera, secretario de la Universidad, a quien comunicó en secreto que en vez de los tres duros de las propinas de costumbre, se proponía meter tres onzas de oro en cada cartucho. Así allanó el camino de la recepción; así logró calarse la muceta de ordenanza, ascender a la cátedra del aula magna, ponerse en la coronilla de la cabeza la birreta colorada, pronunciar un ininteligible discurso en latín, y obtener el título de Bachiller en Leyes «némine dissentiente»[60] el 12 de abril de 1831.
Satisfechos por este lado sus compromisos, todavía tuvo tiempo para tomar formal posesión del palacio que le había regalado su padre. Enseguida, con el ánimo de adormecer la vigilancia de éste, corrió a darle una «caradita» a Isabel en su paraíso de Alquízar, y ver de concertar con ella, si era posible, la manera y la época del casamiento.
La encontró bastante fría y desanimada. Repugnábale en alto grado la idea de presenciar, por segunda vez, las escenas horrorosas del ingenio. Como visita, porque faltaría la ocasión juntamente con el deseo; como ama, porque si de amante no logró suspender los terribles castigos impuestos allí a los negros, por una necesidad fatal de la institución, mal podía prometerse que de casada se aboliesen. Y ora tomase Leonardo estas razones de su amiga cual meros escrúpulos monjiles, ora se persuadiese que ellas quizás le relevarían de una promesa en que ya no se interesaba mucho su corazón, tornó a La Habana sin haber tratado de allanar el inesperado inconveniente.
Volado había el tiempo con inconcebible rapidez. A fines de agosto tuvo Cecilia una hermosa niña; suceso que, lejos de alegrar a Leonardo, parece que sólo le hizo sentir todo el peso de la grave responsabilidad que se había echado encima en un momento de amoroso arrebato. Aquella no era su esposa, mucho menos su igual. ¿Podría presentarla sin sonrojo, magüer que bella como un sol, en ninguna parte? No había él descendido tanto todavía por la cuesta suave del vicio, que hiciese del sambenito gala.
Se desvanecía, sin duda, la ilusión con la fácil posesión del objeto codiciado que consistía tan sólo en la cualidad deleznable antes mencionada. Al amor hizo en breve lugar la vergüenza. Tras ésta debía presentarse el arrepentimiento, y se presentó al galope, mucho antes de lo que era de esperarse, supuestas las condiciones de alma fría y moral laxa de que había dado pruebas el joven Gamboa.
Los primeros síntomas del cambio no tardó Cecilia en descubrirlos con dolor; en pos vino el tropel de los celos a complicar la situación de las cosas. A los tres o cuatro meses de unión ilícita fueron menos frecuentes y menos prolongadas las visitas de Leonardo a la casa de la calle de las Damas. ¿De qué valía que él colmase de regalos a la querida, que se adelantase a todos sus gustos y aun caprichos, si era cada vez más frío y reservado con ella, si no mostraba orgullo ni alegría por la hija, si no pudo lograr jamás que trocara siquiera por una noche la casa de los padres por la suya propia?
Explícase la extraña conducta de Leonardo con Cecilia, por la grande influencia que sobre él ejercía su enérgica madre. Porque era cosa cierta que si del mozo habían huido todas las virtudes a la temprana edad de 22 años, como huyen las tímidas palomas del palomar herido por el rayo, no era menos cierto que aún calentaba su corazón marmóreo el dulce amor filial.
Doña Rosa, además, había averiguado por aquellos días la historia verdadera del nacimiento, bautizo, crianza y paternidad de Cecilia Valdés, contado ahora por María de Regla con el objeto de obtener el completo perdón de sus pecados y alguna ayuda en favor de Dionisio, que seguía en estrecha prisión. Espantada dicha señora del abismo a que había empujado a su hijo, le dijo con aparente calma:
--Estaba pensando, Leonardito, que es hora de que sueltes el peruétano de la muchachuela... ¿Qué te parece?
--¡Jesús, mamá! replicó escandalizado el joven. Sería una atrocidad.
--Sí, es preciso, añadió la madre en tono resuelto. Ahora, a casarte con Isabel.
--¿También ésa? Isabel ya no me quiere. Tú has leído sus últimas cartas. En ellas no habla de amores, habla únicamente de monjío.
--¡Disparate! No hagas caso. Yo arreglo el negocio en dos palotadas. Han cambiado las cosas. Conviene que se case temprano el mayorazgo, siquiera no sea con otro fin que el de asegurar sucesión legítima para el título. A casarte con Isabel, digo.
Por carta de don Cándido a don Tomás Ilincheta, pidió doña Rosa la mano de Isabel para su hijo Leonardo, heredero presunto del condado de Casa Gamboa.
En respuesta, la presunta novia, acompañada de su padre, hermana y tía, vino a su tiempo a La Habana y se desmontó en casa de sus primas, las señoritas Gámez. Quedó, pues, aplazado el matrimonio para los primeros días de noviembre, en la pintoresca iglesia del Ángel, por ser la más decente, si no la más cercana a la feligresía propia. La primera de las tres velaciones regulares se corrió el último domingo del mes de octubre, pasadas las ferias de San Rafael.
No faltó quien comunicara a Cecilia la nueva del próximo enlace de su amante con Isabel Ilincheta. Renunciamos a pintar el tumulto de pasiones que despertó en el pecho de la orgullosa y vengativa mulata. Baste decir que la oveja, de hecho, se transformó en leona.
Al oscurecer del 10 de noviembre llamó a la puerta de Cecilia un antiguo amigo suyo, a quien no veía desde su concubinaje con Leonardo.
--¡José Dolores! exclamó ella echándole los brazos al cuello, anegada en lágrimas. ¿Qué buen ángel te envía a mí?
--Vengo, repuso él con hosco semblante y tono de voz terrible, porque me dio el corazón que Celia podía necesitarme.
--¡José Dolores! ¡José Dolores de mi alma! Ese casamiento no debe efectuarse.
--¿No?
--No.
--Pues cuente mi Celia que no se efectuará.
--Sin más se desprendió él de sus brazos y salió a la calle. Cecilia, a poco, con el pelo desmadejado y el traje suelto, corrió a la puerta y gritó de nuevo: ¡José! ¡José Dolores! ¡A ella, a él no!
Inútil advertencia. El músico ya había doblado la esquina de la calle de las Damas.
Ardían numerosos cirios y bujías en el altar mayor de la iglesia del Santo Ángel Custodio. Algunas personas se veían de pie, apoyadas en el pretil de la ancha meseta en que terminan las dos escalinatas de piedra. Por la mira a la calle de Compostela subía un grupo numeroso de señoras y caballeros cuyos carruajes quedaban abajo. Ponían los novios el pie en el último escalón, cuando un hombre que venía por la parte contraria, con el sombrero calado hasta las orejas, cruzó la meseta en sentido diagonal y tropezó con Leonardo, un el esfuerzo de ganar antes que éste el costado del sur de la iglesia, por donde al fin desapareció.
Llevose el joven la mano al lado izquierdo, dio un gemido sordo, quiso apoyarse en el brazo de Isabel, rodó y cayó a sus pies, salpicándole de sangre el brillante traje de seda blanco.
Rozándole el brazo a la altura de la telilla, le entró la punta del cuchillo camino derecho al corazón.
CONCLUSIÓN
Lejos de aplacar a doña Rosa el convencimiento de que Cecilia Valdés era hija adúltera de su marido y medio hermana por ende de su desgraciado hijo, eso mismo pareció encenderla en ira y en el deseo desapoderado de venganza. Persiguió, pues, a la muchacha con verdadero encarnizamiento, y no le fue difícil hacer que la condenaran como cómplice en el asesinato de Leonardo, a un año de encierro en el hospital de Paula. Por estos caminos llegaron a reconocerse y abrazarse la hija y la madre, habiendo ésta recobrado el juicio, como suelen los locos, pocos momentos antes de que su espíritu abandonase la mísera envoltura humana.
Por lo que hace a Isabel Ilincheta, desengañada de que no encontraría la dicha ni la quietud del alma en la sociedad dentro de la cual le tocó nacer, se retiró al convento de las monjas Teresas o carmelitas, y allí profesó al cabo de un año de noviciado.
Casada Rosa con Diego Metieses, se esforzó en reemplazar a la hermana mayor en el cariño del padre y de la tía, yendo a morar con ellos en el edén de Alquízar.
La causa criminal formada a Dionisio por el homicidio de Tondá, no vino a fallarse sino cinco años después de los sucesos aquí relatados. El tribunal le condenó a diez de cadena y el célebre don Miguel Tacón le destinó al presidio de La Habana para la composición de calles.
FIN
GLOSARIO
A
abarca: calzado rústico de cuero de buey que cubre la planta, los dedos o la mayor parte del pie y se sujeta con cuerdas o correas.
Agramante, campo de: lugar de mucha confusión, donde nadie se entiende.
Agua de Lonja: agualoja, aloja, bebida refrescante preparada con agua, azúcar o miel, canela, clavo y algún otro ingrediente.
aguaitar: acechar.
alcándara: percha o varal donde se ponían las aves de cetrería.
alcarraza: vasija de barro poroso, que por evaporación del agua que rezuma, enfría la que queda dentro.
alcorza: pasta blanca de azúcar y almidón con la cual se suelen cubrir varios géneros de dulces y se hacen en confiterías diversas figurillas.
aljófar: perla de forma irregular y comúnmente pequeña; cosas parecidas al aljófar, como las gotas de rocío.
almo: nutricio, vivificante.
amarilla: moneda de oro y especialmente onza.
ambigú: comida, por lo regular nocturna, compuesta de manjares calientes y fríos con que se cubre a una vez la mesa.
armella: anillo de metal con espiga o tornillo para clavarlo en un cuerpo sólido.
arrente: a raíz del casco.
asendereado: agobiado de trabajo.
aspillera: abertura larga y estrecha en un muro para disparar por ella.
azuela: herramienta de carpintería compuesta de una plancha de hierro acerada y cortante, con mango corto de madera.
B
badulaque: persona necia e informal.
ballesta: arma para disparar flechas y saetas.
banqueta: acera de calle.
belfo: cualquiera de los labios del caballo y otros animales.
bilorta: vilorta, pequeñas arandelas de hierro que se usaban en el eje de los carruajes para impedir que el cubo de la rueda se saliera de su sitio.
bocabajo: castigo de azotes que se aplicaba a los negros esclavos haciéndolos acostar boca abajo.
bocín: pieza redonda de esparto que se pone por defensa alrededor de los cubos de las ruedas de carros.
bozal: negro recién sacado de su país.
bronco: dícese de la voz y de los instrumentos que tienen sonido desagradable y áspero; tupido, áspero.
broza: desperdicio de alguna cosa.
C
cabio: travesaño superior e inferior que con los largueros forman el marco de las puertas y ventanas.
cachucha: moño o peinado para el cual se necesita algún relleno o postizo, que se usaba en la época y todavía hoy en varias provincias españolas.
caja: tambor.
calamón: clavo de cabeza en forma de botón que se usa para tapizar y adornar.
cambalachar: hacer trueque de objetos de poco valor.
camueso: hombre muy necio e ignorante.
cañón: caño o conducto grande de aguas.
carabela: nombre que daban los esclavos a sus compañeros o camaradas que habían venido de África en el mismo barco negrero, fueran hombres o mujeres.
caradita: caricia, palmadita en la cara.
caritate, dar: causar envidia o celos.
carranclán: paño de lana.
catar: ver, examinar.
caudinas, horcas; pasar uno por las: someterse al más fuerte.
ciar: andar hacia atrás, retroceder.
cicerone: persona que enseña y explica las curiosidades de una localidad, edificio, etc.
ciudadela: modernamente se le llama solar.
cochiherviti: atropelladamente, con precipitación.
coleto: interior de una persona.
columpio: balance, mecedora, sillón.
contralor: oficio honorífico de la casa real equivalente a lo que en Castilla llamaban veedor. Intervenía las cuentas, los gastos y ejercía otras funciones importantes.
correr la tuna: correrla, divertirse, gozar la vida vagando de aquí para allá en fiestas, rumbas y jolgorios.
cortar un traje: murmurar de otro, censurar veladamente.
crujía: tránsito largo en los edificios en cuyos lados hay piezas, para las cuales sirve de paso.
cuarta: látigo.
currutaco: muy afectado en el uso riguroso de las modas.
CH
chicote: látigo.
china pelona: piedra muy dura que abunda en los ríos y arroyos que servía como balas de todos los calibres y para empedrar las calles.
chupa: casaca de lienzo muy usada a principios del siglo XIX en Cuba.
D
dianche: diantre, diablo.
dragón: soldado que hace el servicio alternativamente a pie o a caballo.
E
escabel: tarima pequeña para que descansen los pies del que se sienta.
escarzo: especie vegetal muy común en España, que crece al pie de los robles y encinas, de donde se saca yesca.
escuadría: las dos dimensiones de la sección transversal de una pieza de madera labrada a escuadra.
esguazar: vadear.
espiritada: endemoniada, poseída por el demonio.
esquifaciones: ropas y objetos con que se proveía a los esclavos para cubrir sus necesidades.
estrado: conjunto de muebles en la pieza en que las señoras recibían las visitas y por extensión, la pieza.
G
gañote: gaznate.
garzota: plumaje o penacho que se usa para adorno de los sombreros o turbantes y en los jaeces de los caballos.
gayola: cárcel.
gazuza: hambre.
gaza: lazo que se hace en un cabo.
gerifalte, como un: muy bien, de una manera superior.
gigote: guisado de carne picada rehogada en manteca.
glacis: explanada, declive que se continúa desde el camino cubierto hacia la montaña.
guadaño: bote pequeño usado en los puertos.
guardabrisa: cilindro de cristal más o menos abombado al centro, con que se cubría la vela para proteger del viento la llama.
guiñarse: irse, huir, marcharse.
H
hembrilla: piececita pequeña en que otra se introduce o asegura.
hormilla: pieza circular y pequeña de madera u otra materia.
J
jarrero: mueble no sólo para colocar los jarros, sino también los vasos y otras vasijas para tomar agua, como la tinaja donde se depositaba el líquido.
L
ladino, negro: aquel esclavo que hablaba ya el español, por hacer tiempo que se encontraba en América.
lechuguina, o: persona joven que se compone mucho y sigue rigurosamente la moda.
lesna: instrumento punzante que usan los zapateros y otros artesanos para agujerear, coser y pespuntar. Se compone de un hierrecillo con punta muy sutil y un mango de madera.
lebrillo: vasija de boca ancha.
ludibrio: escarnio, desprecio, burla.
lunita: juego infantil en que las niñas gritaban dando saltos: lunita, lunera, / cascabelera, / cinco toritos / y una ternera.
M
magüer: aunque, a pesar de.
manducar: comer.
manteniente: en el momento, al instante.
mastelero de gavia: palo que va sobre el palo mayor de las embarcaciones de vela.
monacillo: niño que sirve en los monasterios e iglesias para ayudar a misa y otros ministerios del altar.
monis: dinero.
muceta: capa corta que cubre el pecho y la espalda; suele ser insignia de prelados, doctores, licenciados y ciertos eclesiásticos.
mujeriega, a la: cabalgando como ordinariamente lo hacen las mujeres, sentadas en la silla y no a horcajadas como los hombres.
mulecón: dícese del negro que ya pasa de la infancia, sin llegar a la pubertad.
muleque: nombre que se daba a los esclavos entre siete y doce años de edad.
muñidor: persona que gestiona activamente para concertar tratos; criado de cofradía que sirve para avisar a los hermanos las fiestas, entierros y otros ejercicios a que deben concurrir.
N
no embargante: no obstante, sin embargo.
novenario: castigo que se aplicaba a los esclavos negros que consistía en nueve azotes diarios por espacio de nueve días.
O
obrador: taller.
opiata: medicina en la que entra como uno de sus ingredientes el opio.
P
papalina: cofia de mujer, generalmente de tela ligera y con adornos.
penates: dioses domésticos de los etruscos y los romanos. Pertenencias, habitación, vivienda.
peruétano: porción saliente y puntiaguda de una cosa.
petar: agradar, complacer.
picolete: grapa dentro de la cerradura para sostener el pestillo.
picotear: chacharear, darle mucho al pico, hablar de cosas insubstanciales.
ponina: diversiones en que se distribuían los gastos entre los concurrentes.
potala o potada: tipo de embarcaciones pesadas, de poco andar.
poterna: puerta más pequeña que las principales en el sistema de fortificaciones.
pretina: parte de los pantalones que ajusta a la cintura.
pringue: grasa.
Q
quinar: vencer al contrario con argumentos y razones definitivas.
quipo: ramales de cuerdas con nudos en las cuales llevaban sus cuentas los aborígenes.
R
rastrillo: compuerta formada por una reja o verja fuerte y espesa que se echa en las puertas de las plazas de armas para defender la entrada y que, por estar afianzada en unas cuerdas fuertes o cadenas, se levantan cuando se quiere dejar libre el paso.
realce, bordar de: hacer un bordado que sobresale de la superficie de la tela.
refacción: toda cantidad que en dinero o efectos se ofrece como auxilio o ayuda anticipada para un negocio o para reparaciones, mejoras, etc.
regatón: casquillo que se pone en el extremo inferior de las lanzas, bastones, etc.
rengue liso, escapar de: irse de modo oculto o disimuladamente.
retrechería: artificio disimulado y mañoso para eludir la confesión de la verdad.
rinconera: mesita, armario o estante pequeños, comúnmente de figura triangular, que se colocaban en un rincón o ángulo de una sala o habitación.
romper el baile: dar comienzo al baile.
S
sambumbia: bebida cubana hecha con miel de caña, agua y ají.
Sanfrancia o San Francia: pelea, trifulca, pendencia, reyerta.
setena: pena o castigo que consistía en pagar el séptuplo de una cantidad determinada.
sollado: pisos y cubiertas inferiores de las embarcaciones.
sopanda: cada una de las correas anchas y gruesas empleadas para suspender la caja de los coches antiguos.
sotrozo: pasador de hierro que atravesaba un eje del carruaje para contener o impedir que se saliera la rueda que giraba del mismo.
sudadero: manta pequeña que se pone a las cabalgaduras debajo de la silla o aparejo.
suspiro: dulce hecho de harina, azúcar y huevo.
T
tahalí: tira de cuero u otra materia, que se cruza desde el hombro derecho por el lado izquierdo hasta la cintura donde se juntan los dos cabos y se pone la espada.
taracea: tela hecha con retazos pequeños de colores diferentes, llamada también ensaladilla.
tendal: espacio solado donde se pone el café para que se seque al sol.
tiple: guitarrita de voces muy agudas.
tumbaga: aleación de oro y cobre con que se hacen ciertas obras de arte, principalmente joyería barata, como anillos, pendientes, etc.
túnico: traje femenino completo.
U
urca: tipo de embarcaciones pesadas, de poco andar.
V
vaharada: olor vivo y fuerte que se percibe de pronto.
vaqueta: cuero de ternera curtido.
varapalo: golpe dado con palo o vara.
vejiga: vejiga disecada de buey o toro en donde se guardaban los tabacos del gastos o consumo diario de la persona.
veríficamente: verídicamente, de modo verídico.
virago: marimacho, mujer varonil.
volante: volanta, carruaje de dos ruedas y de dos asientos puestos sobre dos varas, de que regularmente tiraba un caballo.
Z
zacatecas: sepulturero.
zaga: parle posterior, trasera de una cosa.
zeda: zeta, letra del alfabeto (Z).
zurriagazo: golpe dado con el zurriago o látigo.
zurriago: látigo con que se castiga o zurra, el cual por lo común suele ser de cuero, cordel o cosa semejante.
BIBLIOGRAFIA—EDICIONES
NARRACIONES
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La cueva de Taganana. En: «Miscelánea...» Habana. Impr. de Boloña. Tomo II, p. 79-202: septiembre, 1837.
El perjurio. Recuerdo de Alquízar. En: «Miscelánea...» Habana. Impr. Palmer. Tomo II, p. 5-29; septiembre, 1837.
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La tejedora de sombreros de yarey. En «Faro...» Habana, noviembre 28, diciembre 1, 6, 7, 12, 15 y 16, 1844; enero 9 y 31, 1845.
----. En: «La peineta calada». La Habana. Comisión Nacional Cubana de la UNESCO. 1962.
Vanidad. En: «Faro...» Habana, septiembre 26-30 y octubre 1º, 1845.
El misionero de Caroní. En: «Faro...» Habana, noviembre 28-30 y diciembre 1 y 2, 1846.
Fragmento de una novela inédita. En: «Faro...» Habana, noviembre 28, 1847.
ARTICULOS EN REVISTAS
A Don José Quintín Suzarte desde las Sierras del Aguacate. En: «La Siempreviva». Habana. Impr. del Gobierno. Tomo I, p. 301-310. 1838.
Un pensamiento. En: «La Cartera...» Habana. Impr. Palmer. Tomo III, p. 72. 1839.
Periodismo. En: «Aurora de Matanzas». Matanzas, febrero 24, 1846. Reproducido con el título de El Periodismo, causa del atraso de las letras en Cuba. En: «Revista histórica, crítica y bibliográfica de la literatura cubana». Matanzas. Impr. Quirós y Estrada. Tomo I, núm. 4, p. 432-439. 1917.
Elementos de Cronología Universal. En: «Flores del Siglo». Habana. Tipografía de la V. de Torres. 1ª serie, tomo I, p. 69-76. 1846.
Suceso notable del siglo XVIII en La Habana. En: «Flores...» Habana. Tipografía de la V. de Torres. 1ª serie, tomo I, p. 125-138. 1846.
Crítica literaria. Gan Eden or Pintures of Cuba, por Maturin M. Ballou. En: «Revista de La Habana». Habana. Impr. del Tiempo. Tomo I, p. 1-8, 1855.
Juicio crítico. «Una feria de la Caridad en 183...» En: «La Habana». Habana. Impr. La Antilla, tomo 3º, p. 7-10, 45-48, 55-59 y 81-85. 1859. Reproducido al frente de: Una feria de la Caridad en 183... de José R. de Betancourt. Barcelona. Impr. Tasso Serra, p. 11-34. 1885. (Biblioteca de «La Ilustración Cubana».)
Narciso López. En: «Revista Cubana». Habana. Tomo XIII, p. 106-115. 1891. «El Fígaro». Habana. Año VII, núm. 43, p. 3. 1891.
Cartas literarias. (Sobre «Ultimas páginas», novela por Ramón Meza.) En: La voz del pasado. (Pensamientos.) En: «El Fígaro». Habana. Año XXXV, núm. 34, p. 1040. 1918.
ARTICULOS EN EL DIARIO «FARO INDUSTRIAL DE LA HABANA»
1841
Noticias de Matanzas. (Con el seudónimo Sansueña.) Diciembre 18.
1842
La Habana en 1841. Enero 1º.
Crítica teatral. Teatro Tacón. Enero 9.
Santa Cecilia. Sarao en la noche del 7 de enero corriente. (Sansueña.) Enero 9.
Mesa revuelta. (Sansueña.) Enero 12.
Visita del buque de vapor Forth de la Real Compañía Inglesa. (Sansueña.) Enero 16.
Teatro Principal. «Lucía de Lamemoore.» (Sansueña.) Enero 18.
Teatro del Diorama. Primera representación de los Raveles. (Sin firma.) Enero 19.
Sansueñas a sus presuntuosos y gratuitos maestros del «Lucero». Enero 22.
Mesa revuelta. (Sansueña.) Enero 22.
Tertulia de Santa Cecilia la noche del 22. (Sansueña.) Enero 24.
Represalias. (Con el seudónimo Cualquiera.) Enero 25.
Represalias. (Cualquiera.) Enero 26, 28, 29, 30 y 31.
Paseos en Matanzas. Enero 30.
Mesa revuelta. (Sansueña.) Enero 31.
Represalias. (Sin firma.) Febrero 1, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 12 y 13.
Teatro Principal. Clara Rosemberg. Febrero 4.
Nuevos periódicos. (Sansueña.) Febrero 4.
Sociedades. (Sansueña.) Febrero 10.
Sociedades habaneras. (Sansueña.) Bailes de Carnaval. Febrero 15.
Modas. (Sansueña.) Marzo 6.
¡Qué osadía! ¡Qué ignorancia! (Con el seudónimo Yo, que utiliza por primera vez.) Marzo 21.
Comunicado. Crítica de la novela noticiera «La mano negra». (Con el seudónimo C. Critilo.) Marzo 15 y 16.
Viaje a Mariel y a Cabañas por los barcos de vapor. Marzo 23 y 24.
San Diego de Núñez. Abril 6.
Exposición de la Academia de San Alejandro en los salones de la Filarmónica. Abril 16.
Exposición de San Alejandro. Abril 22.
Academia gratuita de dibujo San Alejandro. Mayo 4.
Al señor comunicante del periódico. «Noticioso y Lucero.» D. N. Gómez Colón. Mayo 13.
La misma señorita aficionada que tuvo la bondad de contribuir con sus obras de dibujo. Mayo 12.
Un paseo por Canímar. Mayo 12.
Represalias. (Sin firma.) Junio 3.
Declaración de un marinero náufrago. Agosto 1º.
El amante sombra de hogaño. Agosto 1 y 2.
Estaciones del año. Agosto 17.
Una loca y un guajiro. (Yo.) Agosto 19.
Beneficio para los desgraciados de Vuelta Abajo. Agosto 22.
El depósito. (Yo.) Septiembre 18.
Escenas domésticas. (Yo.) Octubre 9.
La escuela de los casados. (Yo.) Octubre 12.
Charlatanismo. Octubre 16 y 20.
Bibliografía cubana. Octubre 24.
Las apariencias. Cuatro artículos de costumbres. (Yo.) Octubre 23-27.
Crítica literaria. Octubre 24.
El día 1º de noviembre. Historia y Tradición. (Yo.) Noviembre 1º.
Santa Cecilia. Noviembre 2.
Teatro Tacón. «Lucrecia Borgia.» Noviembre 5.
Mi elección de cortijo. (Yo.) Noviembre 13.
Una familia instruida y dichosa o La lectura de la biblia. Noviembre 16 y 18.
Lectura amena. De las bailadoras y de los bailadores o el naufragio en tierra. Diciembre 1º.
El velo. Diciembre 12.
Los inocentes. (Yo.) Diciembre 28.
1843
Aguinaldos. (Yo.) Enero 1º.
Amelia y Enrique. (Yo.) Marzo 30.
Fragmentos de la Pasión. (Yo.) Abril 13.
Mi paseo a Carraguao. (Yo.) Abril 30.
Viaje de Mr. J. Colson y D. Juan Peoli a Francial. Mayo 12.
Costumbres. (Yo.) Mayo 14.
Compra y venta. (Yo.) Mayo 14.
Literatura crítica. Ensayos políticos de Francisco J. Anguelo y Guridi. Septiembre 20-24. (Cuatro artículos).
El número 325. (Yo.) Julio 3.
Los pollitos. (Yo.) Julio 30.
A Lola la de Puentes grandes. (Con el seudónimo Lola de la Habana.) Agosto 27, septiembre 12 y octubre 2.
Contestación al señor A. de A. y G. Noviembre 6-9. (Cuatro artículos.)
Crítica literaria. «Amarguras del Corazón», por D. José Güell y Renté. Noviembre 28.
El Faro y Don Farito. (Yo.) Noviembre 11.
Réplica al generoso defensor de don José Güell y Renté. Diciembre 11.
Al paladín de don José Güell y Renté. Diciembre 22.
Sección literaria. «Cuentos de mi abuelo.» Diciembre 23.
Sermón predicado por el muy humilde hermano de la cofradía periodística Don Yo, maestro lego de la facultad redactorial con motivo de la festividad del día. Diciembre 31.
Residencia del año 1843. (Yo.) Diciembre 31.
1844
Una mudada. (Yo.) Agosto 4.
Monetario. (Yo.) Agosto 25-31. (Seis artículos.)
El viaje misterioso. (Yo.) Noviembre 28.
Matilde la cubana o La víctima del amor. (Yo.) Diciembre 28.
1845
Reloj de repetición. Crónica del día de Reyes. (Yo.) Enero 6.
Máscaras. (Yo.) Febrero 25.
Los síngaros... «Poesía de los gitanos.» Nueva York, 1845. Agosto 14.
Guanabacoa. (Yo.) Agosto 15.
Navidad. Septiembre 25-octubre 1º. (Cuatro artículos.)
El viaje misterioso. (Yo.) Noviembre 28.
1846
Aguinaldos. (Yo.) Enero 1º.
La cueva. (Con el seudónimo El ambulante del oeste.) Enero 8.
Charadas. (Yo.) Enero 10.
Amar hasta fracasar, trazada para la A. (Yo.) Enero 28.
Polémica con José María de la Torre. Marzo 6, 7, 8 y 11. (Cuatro artículos.)
Geografía. Abril 6 y 23. (Dos artículos.)
Caracteres y tendencias de la poesía en Cuba (Milanés, Palma, Tolón Orgaz, Turla, Blanchié). Agosto 15.
Lo que somos. (Yo.) Diciembre 6.
1847
Cartas. (Con el seudónimo El ambulante del oeste.). Enero 3 y 6.
OBRAS DE TEXTO
Compendio geográfico de la isla de Cuba. Habana. Impreso por V. de Torres. 1845.
El librito de cuentos y las conversaciones. Habana. 1847.
El librito de los cuentos. Obra escrita expresamente para servir de texto de lectura a los niños de siete a 10 años de edad. Habana. Imprenta de Soler. 1857.
FOLLETOS
El señor Saco con respecto a la revolución de Cuba. Nueva York. Imprenta La Verdad. 1852.
La revolución de Cuba vista desde Nueva York. Nueva York, noviembre, 1869.
TRADUCCIONES
Fragmentos, de Lord Byron. En: «Faro...» Habana. Octubre 12, 1843.
Cales, Rebeca y sus hijos. Traducido de «Revue de deux mondes». En: «Faro...» Habana. Diciembre 3, 1843.
La luna de miel y la luna de sangre, de J. Koening de Metz. En: «Miscelánea...» Impr. de Boloña. Tomo II, p. 34-70. 1857.
La hija del avaro, de William Harrison Ainsworth. (Con el seudónimo de Simón Judas de la Paz.) Habana. Impr. La Antilla. 1859.
Historia del primer año de la guerra del sur, por Eduardo A. Pollard. Nueva York. Impr. de L. Hauser. 1863.
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FOOTNOTES:
[1] Famosa novela del francés Bernardino de Saint-Pierre (1737-1814). (N. de la E.)
[2] Famosas novelas del francés François René Chateaubriand (1768-1848). (N. de la E.)
[3] (francés) del natural. (N. de la E.)
[4] Ventana voladiza, que volaba o sobresalía de lo macizo de las paredes o edificios. (N. de la E.)
[5] El hospital de San Juan de Dios estaba al oeste de la ciudad; el convento y calle de Santa Clara se encontraban al este de la ciudad. (N. de la E.)
[6] José Severino Boloña; impresor famoso de la época, uno de los precursores del arte tipográfico en Cuba. (N. de la E.)
[7] Claudio Brindis de Salas (1800-1872), padre del famoso violinista cubano. Fue compositor popular. Director de la orquesta La Concha de Oro, conjunto de 150 músicos y cantantes. (N. de la E.)
[8] La manta de burato (pañolón grande de seda) era la moda general en la época a que se alude en la novela y las mulatas la usaban de color carmelita pardo. (N. del A.)
[9] Butaca campechana o de Campeche: silla grande con brazos, asiento bajo y espaldar alto comúnmente de caoba forrada de marroquí. (N. de la E.)
[10] La moda o Recreo Semanal del Bello sexo, periódico que apareció en 1829 y se publicó hasta 1831. Su principal redactor fue Domingo Delmonte. (N. de la E.)
[11] El Nuevo Regañón de la Habana, que empezó a publicarse en 1829, y trataba fundamentalmente de las costumbres de entonces y de crítica literaria. En sus páginas se inició como escritor Antonio Bachiller y Morales. (N. de la E.)
[12] Vicente Escobar, pintor mulato nacido en La Habana en 1757, que sobresalió como retratista de los capitanes generales y de los miembros de las familias adineradas de la época. Fue protegido del capitán general Vives. Visitó Europa para perfeccionar su arte y en España obtuvo el título de pintor de la Real Cámara. Murió en La Habana en 1834. (N. de la E.)
[13] El Diario de la Habana, periódico fundado por Tomás A. Cervantes, que duró hasta 1846. (N de la E.)
[14] Cigarro aquí se refiere a lo que en Cuba se llamaba tabaco o habano. (N. de la E.)
[15] Entre los romanos, e igual por derecho español antiguo, los hombres libres podían ser ingenuos o libertinos. Los primeros eran los que habiendo nacido libres no habían caído jamás en esclavitud o servidumbre; los libertinos eran los que habiendo padecido servidumbre, habían sido puestos en libertad. También los hijos de libertos decíanse libertinos. (N. de la E.)
[16] Anacleto Bermúdes (1806-1852), destacado abogado habanero, de igual nombre que el estudiante de Medicina fusilado en 1871. (N. de la E.)
[17] La ley de las Doce Tablas, el cuerpo de leyes criminales más importante del pueblo romano en la antigüedad. (N. de la E.)
[18] Erróneamente Villaverde considera que José María Heredia, el autor de la oda "Al Niágara" y del "Himno del Desterrado", era natural de Matanzas. Heredia nació el 31 de diciembre de 1803 en Santiago de Cuba, pero vivió muchos años en la ciudad de Matanzas. (N. de la E).
[19] Juan Teófilo Heinecio, jurisconsulto alemán. Saco no tradujo la obra que cita Villaverde, sino sus "Elementos de derecho romano" (Filadelfia, 1826). (N. de la E.)
[20] Tirteo, poeta griego cuyos cantos arengaban a los espartanos a combatir a los enemigos en la segunda guerra de Mesenia (siglo VII a. N. E.). (N. de la E.)
[21] José Antonio Aponte, negro libre natural de La Habana, que en 1812 fraguó una conspiración entre los negros de la Isla para establecer un gobierno similar al de Haití. Fue ajusticiado ese mismo año por el gobierno español. (N de la E.)
[22] Manuel Andrés Sánchez y Francisco Agüero Velazco, jóvenes camagüeyanos que organizaron una conspiración contra el gobierno español en Camagüey. Descubiertos por los agentes de Vives fueron condenados a muerte por la Comisión Militar Permanente. Se les considera los primeros mártires de la independencia de Cuba. (N. de la E.)
[23] Venus, diosa de la belleza y el amor que según cuenta la leyenda había nacido de las espumas del mar cerca de la isla de Chipre. (N. de la E.)
[24] Las Parcas, tres divinidades infernales de la mitología latina que eran dueñas de la vida de los hombres, cuya trama hilaban. (N. de la E.)
[25] Ver nota de la pág. 87. (N. de la E.)
[26] En francés, a la última moda. (N. de la E.)
[27] El autor se refiere a los paquebots o paquebotes, tipo de embarcación que antiguamente se destinaba al transporte de correspondencia, principalmente la pública. (N. de la E.)
[28] Catón constituía un grado superior, el siguiente, al de la cartilla, pues se componía de frases sencillas que iniciaban la práctica de la lectura. Fue muy usado en Cuba para la enseñanza de la lectura. Su nombre provenía del célebre gramático latino de ese apellido: Dionisio Catón. (N. de la E.)
[29] Medusa: una de las tres gorgonas. En un principio era muy hermosa y tenía una cabellera magnífica, pero, habiendo ofendido a la diosa Minerva, ésta irritada cambió sus cabellos en espantosas serpientes. (N. de la E.)
[30] La relación que sigue la tomamos casi al pie de la letra de un Semanario que se publicaba en La Habana en 1830, titulado La Moda. (N. del A.)
[31] Juan Bautista Vermay (1784-1833), pintor de origen francés que vino a Cuba para restaurar algunos cuadros de la catedral habanera. Protegido por el obispo Espada, el Capitán general Vives y otras personas influyentes, se estableció en La Habana. Fue el fundador y primer director de la Academia de San Alejandro. (N. de la E.)
[32] Nochebuena chiquita, así llamaban muchos a la noche del día 7 de diciembre, víspera de la fiesta de la Santísima Concepción de la Iglesia Católica, que se celebraba con bastante animación por parte del pueblo. (N. de la E.)
[33] En la Maestranza de artillería de La Habana, situada detrás del palacio de la Intendencia, había una especie de presidio correccional, cuyo capataz, sargento cumplido del Cuerpo, se hacía cargo de castigar al esclavo que, habiendo cometido una falta, se lo remitían los amos con ese objeto. Le azotaba más o menos fuertemente, según la orden escrita, que a veces portaba la misma víctima, siempre a condición o en cambio de los trabajos que podía desempeñar en la Maestranza por dos o tres semanas. El salario se le cargaba al gobierno y lo pagaba la Hacienda pública aunque no rezaba que la deuda procedía de la aplicación de unos cuantos azotes. (N. del A.)
[34] Lo mismo ocurría en el Vedado, terrenos pertenecientes a la familia de Frías, dedicados por su aridez, exclusivamente a la explotación de cantos y de cal para la fabricación de casas. Aquí también distribuían azotes a cambio de trabajo del esclavo castigado por cuenta y riesgo del amo. (N. del A.)
[35] H. B. M. Sloop of war Pearl, Captain Lord Clarence Paget. (N. del A.)
[36] Vómito, vómito negro o fiebre amarilla. (N. de la E.)
[37] Ainda mais, en gallego, algo más. (N. de la E.)
[38] A la Hamlet, el autor alude a la figura de Ofelia, personaje de esa obra, que enloquecida a la muerte de su padre, vagaba adornada con flores y cantando. (N. de la E.)
[39] Abreviatura de: "Que Besa Su Mano", muy usada en el siglo pasado. (N. de la E.)
[40] Histórico. (N. del A.)
[41] Galeno, célebre médico griego que ejercía su arte en Roma, siglo II de N. E. (N. de la E.)
[42] Este tratamiento no es ni fue usual en Cuba. Se dice que es de origen gallego. Equivale a mi señora o señora mía. (N. de la E.)
[43] Canova, se refiere a Antonio Canova (1757-1822), célebre escultor italiano. (N. de la E.)
[44] Venus citerea: referencia a la isla de Chipre, llamada por los griegos Citeres. (N. de la E.)
[45] Por sus ideas liberales le trasportó el Capitán General Dulce en 1869 a Fernando Poo, junto con otros 250 compañeros reos de igual delito. (N. del A.)
[46] Cálamo currente, expresión latina que equivale en español a al correr de la pluma o a vuela pluma. (N. de la E.)
[47] A nativitate, locución latina que significa de nacimiento. (N. de la E.)
[48] Virar, en su acepción activa, significa poner boca-abajo, en la recíproca, revelarse. (N. del A.)
[49] Coram populi, en vez de coram populo, locución latina que equivale a en público, públicamente. (N. de la E.)
[50] Tren jamaiquino. En los ingenios antiguos decíase tren al conjunto de calderas o pailas por el que había de pasar el guarapo para clarificarse, descachazarse y adquirir el punto de meladura. Había varios tipos o modelos de trenes: A la Pacheca, de Reverbero y el jamaicano, que aquí vulgarmente se nombra jamaiquino. (N. de la E.)
[51] Verso del poeta cómico latino Terencio: Hombre soy y nada humano me es ajeno. (N. de la E.)
[52] Don Alejandro en puño, expresión popular que se aplica a las personas tacañas. (N. de la E.)
[53] Ver nota en la pág. 134. (N. de la E.)
[54]...No aprendió ni el cristus... equivale a "ni la primera letra del alfabeto", porque las antiguas cartillas para aprender a leer comenzaban con el alfabeto, y éste se iniciaba con una cruz, que simbolizaba a Cristo, después seguían la A, B, C, etc. (N. de la E.)
[55] Histórico. (N. del A.)
[56] Ver nota en pág. 87.
[57] V. S. abreviatura de Vuestra Señoría. (N. de la E.)
[58] Chico de especias, se hace referencia aquí a la moneda de menos valor que circulaba entonces en La Habana. (N. de la E.)
[59] El Teatro Principal, llamado anteriormente Coliseo, fue el primero que se construyó en la Isla. Se edificó en tiempos del Marqués de la Torre, al final de la Alameda de Paula, donde hoy se encuentra el Hotel Luz. (N. de la E.)
[60] Némine dissentiente: locución latina que significa: sin oposición, sin obstáculo alguno. (N. de la E.)